Manuel G. Avilés Santiago
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Vacío para los niños

Tuve la suerte de ser niño en un momento histórico en el que hubo una vasta oferta de programación infantil en la televisión local. Más allá de series de dibujos animados como Los Picapiedras y de programas enlatados como El Chavo del Ocho, los años ochenta y noventa produjeron una diversa plantilla de programas para niños hechos en Puerto Rico.

Temprano en la mañana de los sábados, esperaba con ansias el programa de juegos Contra el Reloj con Pacheco. Entre semana, fantaseaba con ser el copiloto del día en el show de El Tío Nobel. Hasta aprendí a ser un buen niño con los consejos de la siempre afable Titi Chagua. Otros como Las Telecómicas con Sandra Zaiter, la pizpireta Chícola y el programa musical La Ola Nueva también formaron parte de la carta de la programación infantil de la época. Sin embargo, aunque todos tenían su encanto, La Casa de María Chuzema fue el programa que más me cautivó.

Aunque su oficio era contadora de cuentos, María Chuzema (personaje creado por la gestora cultural Tere Marichal) no sólo fungía como moderadora del programa, sino que nos empoderaba desde la creatividad y la imaginación. Su casa se convirtió en ese espacio seguro en donde ser diferente no era un problema, sino un motor creativo para construir mundos posibles. Mundos que se edificaban no sólo con papel maché, cartulina y escarcha, también a través de la narración.

Su personaje trascendía los imaginarios tradicionales de los cuentos infantiles. Ella era princesa sin necesidad de príncipes, era mágica sin necesidad de hadas madrinas y no vivía en tronos o palacios, sino en una casa ubicada en las coordenadas de un universo que ella misma construyó.

Sin ofertas de programación local en la pantalla chica para los más chicos, la niñez puertorriqueña migra a plataformas digitales para consumo mediático. La desatención a este público ha provocado falta de talleres para el talento local y un vaciamiento en la imaginación nacional y sociocultural.

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