Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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Vale la pena vivir la vida con sensatez

Cuando una persona tiene un ataque de pánico, suelen dársele instrucciones complicadas y apuradas para sacarle del momento angustioso. Lo que la persona realmente necesita hacer es algo relativamente sencillo: concentrar en su respiración y comenzar a relajarse oxigenando su cuerpo con calma gradual en respiraciones profundas entrando en control de sus inhalaciones y exhalaciones. Lo sensato, pues, es focalizar en regular su respiración. Esto le ayuda a entrar en control emocional y fisiológico de su mente a la vez que des-focaliza de los pensamientos catastróficos que detonaron su respuesta de pánico.

Lo mismo ocurre en otras instancias de vida. Los pormenores y verdades de muchos asuntos cotidianos pueden ser obvios, pero tenemos la mala costumbre de complicarlos buscando tecnicismos y recovecos que terminan distorsionando las cosas alejándonos, incluso, de su mejor comprensión. Por eso, la sabiduría jibara expresa que, si miramos bien, la verdad se cae de la mata, y si miramos mal, como quien trepa incorrectamente una palma, corre el riesgo de descocotarse.

Hacer lo que todos sabemos que debemos hacer cuando es necesario es una popular definición de sentido común; una estrategia mental que usamos frecuentemente mal cuando llenamos nuestras cabezas de cuentos, miedos, presiones, disparates o ideas irrelevantes. Por ejemplo, si alguien zozobra ahogándose y usted sabe nadar, el sentido común dice que usted se tira al agua a salvarle. Pero ese sentido común se atrofia si usted se pone a pensar en el inconveniente de ser demandado o enjuiciado si el salvamento no termina bien. Si usted ve una persona abusando físicamente de otra, el sentido común nos dice que no es correcto que usted filme el evento en vez de intervenir; pero la ayuda se atrofia si usted se acomoda al razonamiento de que es mejor hacer un video que pasar un mal rato. En situaciones como estas necesitamos aplicar la sensatez.

El sentido común se refiere al conjunto de premisas y creencias fundamentales (visiones de mundo) asumidas por un grupo de personas. La ciencia reta el sentido común, pero las interacciones sociales no pues se considera conocimiento evidente y correcto (“si todo el mundo lo dice o hace, debe ser por algo”). No quiere decir que el sentido común tenga verdades incuestionables y que, incluso, no contenga mentiras y barbaridades. Puede ser lo contrario. Por ejemplo, justificado en el “sentido común” encontramos culturas que apedrean mujeres hasta la muerte por desobedecer al marido. Es un crimen, institucionalmente impune, basado en afirmaciones erróneas, pero asumidas como correctas, en sociedades intensamente machistas.

Como muchas cosas, entonces, el sentido común tiene sus positivos y negativos. De una parte, el sentido común puede servir como guía hacia lo aceptado. De otra, nos puede llevar a comportamientos y conclusiones nefastas que perpetuán horrores y desastres. Así las cosas, es necesario la mediación de la sensatez para evitar errores y excesos. Sin duda, es necesaria para ponderar extremos. 

El sentido común es una aplicación práctica de la lógica informal cultural. En tanto, la sensatez es una reflexión profunda que permite evidenciar las contradicciones dialécticas de la vida cotidiana para resolverlas y superarlas. Del latin “sensatus” significa estar dotado de buen juicio al juzgar y opinar.  Es racional y ayuda a controlar reacciones emocionales alteradas, prejuicios y egotismos. Supera el sentido común porque conlleva analizar y ponderar las cosas.

La sensatez ayuda a fortalecer la integridad equilibrada de la persona si responde a valores sociales positivos como la honestidad y la justicia. Es el resultado de la tarea autoimpuesta de pensar bien las cosas en el proyecto inevitable que todos tenemos de dar el mejor sentido posible a la vida evitando hacer daño, las degradaciones y los desaciertos irracionales. 

No me cabe duda de que, de la sensatez, no del sentido común, depende la prudencia final de nuestros juicios, conclusiones y calidad existencial. El desafío del milenio es recuperar y promover la sensatez en todas las decisiones que incumben el bienestar futuro de la humanidad. Porque vale la pena vivir la vida con sensatez. Como dice Labake, es una apuesta a la esperanza de salir del desencanto de la infelicidad en que nos hemos metido por tantas fallas de sentido común. 


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