Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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Vamos con Pancho el Papa

 1.

“Vámonos con Pancho el Papa” se podría titular una novela cuya trama girase alrededor de la vida de Francisco, el papa actual. ¿No roza la irreverencia el título? De ninguna manera.

Confieso que salté a apodarlo Pancho el Papa cuando me estremeció la llaneza proyectada por aquella persona vuelta personaje, de súbito. Una llaneza que me cautivó primero y forzó después a rebautizarlo mediante un apodo. No me hizo desistir del rebautizo la definición prejuiciada que se permite el diccionario. “Apodo es el sobrenombre aplicado, a veces, a una persona entre gente ordinaria”.

Nunca me regocijó tanto ser gente ordinaria. Pues la ordinariez me presta la campechanía responsable de apodar Pancho a un historiador del cual aprendo, Pancho a un periodista y relator de “thrillers” sabrosamente eróticos, Pancho a uno de nuestros pintores magistrales. ¿Iba a desaprovechar la oportunidad de apodar Pancho a un ché de pinta humildona, recién electo papa? Ni que estuviera loco.

2.

La novela “Vámonos con Pancho el Papa” vendría obligada a poner en entredicho la frontera que separa la literatura y el periodismo. Una frontera de adjudicación engañosa, dado que el literato y el periodista son lobos de una misma camada. Si bien el literato produce novedades imaginarias, si bien el periodista busca las novedades de la realidad, el uno y el otro canjean modos expresivos y posibilidades formales. A veces lo hacen a propósito, a veces sin darse cuenta.

Pero, aparte de venir obligada a poner en entredicho la frontera que separa la literatura y el periodismo, la novela aún por escribirse se alimentaría con el componente biográfico indispensable de Jorge Bergoglio, desde luego.

Un hijo de italianos inmigrantes a Argentina que retorna a Italia a hallar la gloria en la tierra durante el otoño de su vida, Jorge Bergoglio se convierte en papa y escoge el nombre de Francisco para asumir su identidad papal. El nombre homenajea a San Francisco de Asís, el santo más venerado de toda la cristiandad según los diccionarios de santos.

¿Cuál novelista o cuál periodista, en su sano juicio, resistiría la creatividad que posibilita el adentramiento en las geografías morales de esos dos mundos contrastantes? De un lado el boato vaticano y la sucesión de servilletas y manteles, antes de masticar cosa alguna. Del otro lado la precariedad de la Buenos Aires “clasemediera” y la milanesa devorada a toda prisa.

3.

A la novela no puede interesarle la canonización a destiempo del sujeto. Menos aún puede comprometerlo con la milagrería. Una milagrería para la cual Pancho el Papa no tendría tiempo, aunque quisiera. Embajador, mediador, árbitro, la iglesia que encabeza le reclama realizar diligencias urgentes y opinar de cuanto acontece en el valle de lágrimas.

Responder las llamadas telefónicas de Obama. Responder las llamadas telefónicas de Raúl Castro. Disculparse con el gobierno mexicano. Disculparse con el gobierno turco. Retratarse con multitudes de jóvenes en la playa más famosa del mundo, Copacabana. Oficiar una misa en Filipinas, a contrarritmo de un diluvio casi bíblico. Participar en los debates sobre lo humano y lo divino. Y hasta caer en el desliz verbal que la gente ordinaria sobrenombra “meter la pata”.

¿No es meter la pata culpar al Diablo de la resquebradura inmensa que padece la sociedad mexicana contemporánea? Una resquebradura que acaba de denunciar, con amargura precisa, el enorme escritor Fernando del Paso. No, no es el espejismo del Diablo quien hunde a México, es el sicariato que ya opera como gobierno alterno.

¿No es meter la pata comparar a las juventudes nazis con los activistas gay? Las juventudes nazis colaboraron en la agenda de destrucción que se llevó por delante las vidas de seis millones de judíos. Los activistas gay colaboran en una agenda de construcción del ordenamiento social que respete y valide sus derechos civiles más elementales.

4.

No quiero disculparlo. Mas, el primer papa fieramente mediático de la Historia, acosado sin cesar por la cámara y el micrófono y las primeras planas, vivirá en la cárcel de la tensión inherente a los protagonismos. Una tensión que puede descarrilar la sobriedad en el juicio y conducir a la injuria sin fundamento.

Eso sí, la novela “Vámonos con Pancho el Papa” reconocerá la voluntad de su protagonista de ayudar a la iglesia a salir del clóset de la tristeza, de ayudarla a descartar la pamplina de que la tristeza es profunda y que la diversión carece de seriedad. De seriedad carece el aburrimiento: gracias maestro Chesterton.

El humor que se distancia del ridículo contribuye a la salud del cuerpo y el alma. Agrada ver a Pancho el Papa reír hasta las muelas de atrás. Agrada verlo compartir el pan saludable de la risa. Una risa que incluso emociona a nosotros los descreídos.

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