José R. Acarón

Tribuna Invitada

Por José R. Acarón
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Vejez: dos caras de la moneda

Mayo es el mes del envejecimiento, y después del huracán María los adultos mayores de 50 se aproximarían a convertirse en el 40% de la población. Esto hace de nuestra isla el tercer país más envejecido del hemisferio.

Ante esta realidad, nuestro plan futuro de recuperación social y económica no puede ignorar a los adultos mayores como actores protagónicos de cara a los próximos años. No obstante, para esto hay que desafiar la programación negativa y los estereotipos asociados a la edad. No podemos limitar a nuestro futuro como país con creencias obsoletas.

Hay que concienciar y seguir rompiendo la falsa percepción de que los mayores somos una carga para el país. Todo lo contrario: en estos momentos los mayores de 50 son responsables de la producción del 43% del producto interno bruto, y representan el 61% del gasto de consumo de bienes y servicios, según un estudio comisionado por AARP.

Por otro lado, tenemos que analizar por qué es tan difícil cambiar la percepción negativa del envejecimiento. Hay que preguntarnos: ¿por qué no queremos envejecer? Lamentablemente, nuestra sociedad aún perpetúa estereotipos que minimizan la vida y el potencial de los mayores. Envejecer se asocia con inactividad, enfermedad, muerte, pérdida de independencia, vulnerabilidad y no productividad. ¡Qué gran equivocación!

Pero no podemos tapar el cielo con la mano. María nos reveló la mucha vulnerabilidad que existe, pero también la realidad de miles de personas mayores que viven su potencial de vida y crean cambio social, familiar, económico y comunitario con liderato. Minimizar el potencial de los mayores es negarnos uno de los mayores activos de crecimiento económico.

Incluso, hay que pensar en otras culturas que veneran la edad y la experiencia, en lugar de meramente pensar en fragilidad y decadencia. ¿Por qué no vemos el otro lado de la moneda? Ya tenemos que quitarnos el velo para visualizar a los mayores como actores claves en estos tiempos de desafíos. No podemos pasar por alto a los miles de puertorriqueños mayores de 50 que desafían el paradigma pasivo de la vida, viviendo con la misma o mayor intensidad, creciendo y aportando.

Solo pensemos en cómo los mayores “metieron mano” durante y después de María. Si miramos a nuestro alrededor, veremos a los mayores trabajando y haciendo voluntariado en su comunidad con ahínco y esperanza, sin intención de quitarse ni estar sentados en la casa.

Rompamos ya con los prejuicios, para que se acepte el envejecimiento como algo que se espera con orgullo, pues no todos tienen el privilegio de llegar. Que se vea el envejecimiento como un continuo de vida, productividad y crecimiento. Rompamos con los estereotipos para desafiar la edad, porque Puerto Rico necesita la fuerza del adulto mayor para cosechar la esperanza de nuestra recuperación como colectivo, con manos y mentes de experiencia.

Nuestro futuro dependerá de cuánto podamos integrar a los mayores en nuestro desarrollo socioeconómico porque un país o empresa que ignora a cerca del 40% de su población está destinado a sucumbir.

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