Julio A. Muriente Pérez

Tribuna invitada

Por Julio A. Muriente Pérez
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Venezuela Bolivariana

He estado muy atento a la información, opiniones y comentarios que se hacen sobre Venezuela en estos tiempos. En particular me ha llamado la atención el enfoque que ofrecen diversos medios de comunicación de masas nacionales e internacionales. Pareciera que todos se han puesto de acuerdo para demonizar a como dé lugar a ese país caribeño-latinoamericano, a su dirección política y sobre todo al proceso político-social que se ha venido dando allí desde hace casi dos décadas, conocido como Revolución Bolivariana. La desinformación, las medias verdades y la manipulación mediática son la orden del día.

Venezuela Bolivariana no es una sucursal del paraíso terrenal ni una extensión del cielo en la Tierra. Quienes allí viven y luchan son seres humanos que sienten y padecen, que realizan genialidades al mismo tiempo que cometen errores. A veces, errores importantes. Otras veces intervienen incapacidades o limitaciones fruto de numerosos factores, en general más allá de la voluntad de dirigentes y administradores del proceso.  Lo que acontece en la tierra de Bolívar ocurre entre mortales.

Pero en lo esencial, más allá de la epidermis propensa a veces a confusiones o malentendidos, desde 1998 en la Venezuela de Hugo Chávez Frías han ido ocurriendo cambios muy importantes, de alcance profundo y radical, que explican la alegría de quienes le respaldan y el desasosiego de quienes se oponen a como dé lugar a esos cambios y, particularmente, a los que están por venir. Son, de alguna manera, dolores de parto.

La actitud violenta e intolerante de los opositores de la Revolución Bolivariana desatada durante los pasados meses tiene una razón muy clara. Es que las cartas se han ido poniendo sobre la mesa aceleradamente. La oposición lo sabe y le resulta inadmisible. Por eso reaccionan desesperados y en cierto sentido, impotentes. Su anticomunismo visceral-guerra fría los retrata de cuerpo entero. Y su fascinación por Miami también. Su propuesta es la de siempre, entregarse a los intereses de Estados Unidos.

Venezuela Bolivariana camina hacia el socialismo. Así de sencillo. No hay disimulo ni subterfugios. Es la ruta seleccionada por los continuadores y continuadoras históricos del Libertador Simón Bolívar.

En 1998 Hugo Chávez rechazó ser un continuador pasivo de los partidos de Punto Fijo, que tras gobernar por varias décadas habían llevado al país a la corrupción mayor, a la dependencia desvergonzada y a la precariedad económica. Desde un primer momento lo dijo con todas las vocales y consonantes. Venezuela dejaría atrás el humillante neocolonialismo y abriría una ruta nueva al futuro, en plena libertad e independencia. A eso le llamó socialismo; si se quiere, socialismo del siglo XXI.

Como era de suponer, tamaña intención enfrentaría una tenaz resistencia--que no es un camino de rosas la ruta de las revoluciones, cuando pretenden ser verdaderas--. La primera complicación vendría al querer avanzar en la ruta revolucionaria desde procesos electorales, diseñados más bien para perpetuar los viejos y anquilosados regímenes de antaño. Chávez y la Revolución Bolivariana fueron ganando una tras otras cada elección, cada enfrentamiento, cada amenaza, incluyendo un golpe de Estado, sabotaje económico, intervención extranjera, campañas de difamación y otras tantas agresiones.

Casi veinte años después, con Nicolás Maduro al mando, la confrontación es directa. Los bandos están alineados. Es la soberanía nacional la que está en juego. Y el porvenir de América Latina y el Caribe al mismo tiempo. Bien sabemos que este dilema no se resolverá en uno o dos días--que el cambio de época que vivimos no es una línea recta sin obstáculos--.

Venezuela Bolivariana acepta el reto. Y quienes le respaldamos también.

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