Luis B. Méndez

Tribuna Invitada

Por Luis B. Méndez
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Venezuela y la falta de contexto

En Puerto Rico, da la impresión de que el resto del mundo aparece y desaparece esporádicamente, a conveniencia. Así pasa, incluso, con nuestros países vecinos, cuyos nombres recordamos una vez cada cinco o seis años, con una extraña mezcla de desdén, sospecha y melancolía. Tomemos el ejemplo de Venezuela que, tras meses de ausencia, hace ahora su sangriento debut en nuestros medios, nuevamente.

Nos llega en imágenes una Venezuela convulsa, pero sin contexto. Se publican artículos y columnas de opinión que reseñan lo propio, lo estrictamente necesario: por meses se han abatido aquellos que se oponen, legítimamente, al régimen de Nicolás Maduro contra la Guardia Nacional Bolivariana. El estado venezolano, que los supera en fuerza y controla el ejército, los ha reprimido violentamente. Tanto así que la cifra de muertos sobrepasa ya los 120.

De igual forma, y como si se tratara de un secreto a voces, se repite en los medios que la inflación en Venezuela asciende al 750%, que las estanterías en los supermercados están vacías, que hay escasez de medicamentos y productos de primera necesidad, y que el venezolano de a pie coquetea, a diario, con el caos. Todo esto sin hablar del crimen que nos muestra el rostro humano de la crisis y que, no sin el aval del gobierno, impera en el país, convirtiendo a Caracas en una de las ciudades más violentas del hemisferio. Todo esto se nos informa, y todo esto es preciso saberlo, importantísimo, pero lo sabemos sin contexto.

No tenemos contexto porque nunca hemos conocido una Venezuela en paz. En Puerto Rico, la Venezuela que hemos conocido —y la América Latina, por cierto— es la de los gases lacrimógenos y la inestabilidad sociopolítica. Las imágenes que históricamente se nos han presentado de los países que nos rodean —exceptuando, por supuesto, a los Estados Unidos— son las de la violencia, el hambre y el miedo. Así, como si solo la violencia, el hambre y el miedo, existieran en estos países. Como si en estos países no hubiese gente sencilla y feliz.

El discurso —la narrativa, por decirlo de alguna manera— que ha prevalecido en Puerto Rico con respecto a Venezuela y otros países latinoamericanos, es uno que está obsesionado con distanciarnos y distinguirnos. Lo anterior como si una ciudadanía americana o décadas de incentivos contributivos en concepto de la Sección 936 fuesen suficientes para hacer o deshacer una identidad.

Venezuela, así como el resto de América Latina, tiene un rostro que no es el de la miseria y el desaire. Claro está, las verdades contra las que ahora lucha el pueblo venezolano deben informarse y, sin duda, son dignas de solidaridad. Sin embargo, también son dignas de solidaridad —y cobertura mediática— sus victorias. Lo son las victorias de toda la región. Valdría la pena reseñar, a modo de ejemplo, el crecimiento económico y las mejoras en calidad de vida que se observan en Panamá y en Perú, este último tras espantosas décadas.

En el mismísimo centro de todos los países que nos rodean, de nuestros países vecinos, en su brega cotidiana, hay gente como nosotros. Gente que tiene problemas y aspiraciones parecidas a las nuestras, que no conocemos, a pesar de compartir con ellos ritmos, sabores y credos. Lo único que nos separa de ellos es la falta de contexto, que prolonga e intensifica nuestro ya problemático insularismo. Por alguna razón, sospecho que la palabra es miedo, que la razón para esa falta de contexto es miedo: miedo al espejo que son Venezuela y el resto de América Latina.

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