Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Vergüenza propia, no ajena

Hay expresiones que llegan a nuestras vidas y se quedan indefinidamente sin haber sido jamás invitadas. Algunas son simples palabras —como “literalmente”, de la cual hablaré otro día—; otras son interjecciones para expresar nuestro estado de ánimo o algún sentimiento del alma, como es el de “sentir vergüenza ajena”. De niño, después de haber cometido cualquier travesura, mi madre me detenía y con un ceño fruncido me decía: “¡Debería darte vergüenza!”, o simplemente: “¿No te da vergüenza?”. Por eso, afirmo que desde siempre —al menos desde que tengo memoria— cuando un comportamiento mío o de mis hermanos o hermanas tenía un resultado indeseado, asociado usualmente a una acción prohibida por los adultos, a quien debía darle vergüenza era al que hubiese actuado mal. 

Como no está en mi espíritu cargar culpas ajenas, no me da la gana de sentir vergüenza por lo que otros han hecho para robarse parte de los fondos federales asignados a los departamentos de Educación y de Salud. En cualquier otro país civilizado —que no fuese gobernado por regímenes militares y totalitarios— lo que ha pasado en estos días en Puerto Rico habría sido suficiente para que el dirigente (presidente, primer ministro, gobernador, etc.) hubiese renunciado inmediatamente y hecho su mudanza de madrugada para no ser visto, y desaparecer después de la vida pública para siempre. 

Así que no me vengan a decir que debo sentir vergüenza ajena por algo de lo que solo ellos, exclusivamente ellos, han hecho para privar a nuestro pueblo de fondos públicos con los cuales satisfacer urgentes necesidades de salud y educación. No y no. Que cada palo aguante su vela. La vergüenza siempre es propia, nunca ajena. Es a los acusados, una vez comprobada su culpa, a quienes hay que interpelarlos: “¿No les da vergüenza?”, “¡Pues debería darles vergüenza!”.

Si alguna vergüenza deberíamos sentir nosotros mismos es por no haber sabido o querido responsabilizar a quienes permitieron el saqueo de los fondos, que, por corresponder a envíos federales, no dejan de ser públicos. Esa parte sí que nos toca, esa parte sí que es intransferible: la de exigir responsabilidad a quienes posibilitaron que esas personas entraran al gobierno a enriquecer sus propias fortunas. Del mismo modo que el Código Civil nos impone responsabilidad monetaria por los actos culposos de aquellas personas que escogimos para trabajar para nosotros o que estén bajo nuestra supervisión, así mismo debemos sentirnos responsables y a su vez exigir responsabilidad de quienes hemos escogido para que trabajen desde el poder ejecutivo para nosotros. Aquí hubo alguien que a pesar de que le encomendamos que nos gobernara limpiamente, seleccionó muy mal su personal y eso ahora nos está costando mucho dinero y una lesión inconmensurable a nuestra reputación de pueblo honrado y trabajador.

Peor aún, ahora se devela ante nuestros ojos llenos de espanto que quizás el exsecretario de Hacienda, Raúl Maldonado, se quedó corto al limitar el concepto “mafia” a su departamento. Todo este esquema debe hacernos recordar la corrupción gubernamental que aderezaba con dinero mal habido Meyer Lansky en la época de Batista en Cuba y las fortunas que amasaron ciertos dictadorcillos corrompidos de nuestro entorno hemisférico.

Sé que habrá más trillitas en el asiento de atrás de los carros de alquiler del FBI, que anda con las manos muy llenas en estos días. A esos pasajeros les diría como mi madre: “¡Debería darles vergüenza!”.


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