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Vicios de construcción

En marzo pasado, a minutos del primer enfrentamiento del gobierno con la Junta de Control Fiscal, el gobernador Rosselló dio una conferencia de prensa en los jardines de La Fortaleza, flanqueado por su gabinete y una masa de ayudantes. Este acontecimiento mediático provocó que escribiera para este diario la columna titulada "El cuatrienio de Ricardo Rosselló ha terminado". Entonces me percataba de una inquietante tendencia: el gobierno, en su primera coyuntura crucial, optaba por ser dirigido por relacionistas públicos.

Independientemente de las circunstancias que confrontara, lo primordial sería la imagen que proyectara y el diseño de los publicistas buscaba centrar la atención sobre la figura del gobernador. El primer enfrentamiento con la Junta había sido una claudicación, pero se le presentaba al pueblo, perennemente reducido a ser electorado, sino como una victoria, al menos como un empate.

Seis meses después pasó a una distancia más o menos prudente el huracán Irma y el gobierno y su aparato mediático activó el mismo modelo. Inmediatamente medios de comunicación, analistas y ciudadanos comunes hacían la distinción ficticia entre la labor del gobernador y el hecho de que unos vientos de tormenta tropical hayan dejado a buena parte del país sin electricidad durante al menos 10 días. Las circunstancias se aprovecharon también para otros fines: se propició el desprecio de la AEE y sus trabajadores y se creó el ambiente para que se aceptara su privatización; se utilizó la falta de energía para inclinar a miles de ciudadanos a la compra precipitada de plantas eléctricas o a la visita reiterada de restaurantes. Irma resultaba un buen negocio para sectores del gobierno y sus socios comerciales.

Apenas dos semanas después, llegó lo inevitable en un Caribe donde no hay escondites ni escapatorias. Las casi 20 horas de vientos y lluvias del huracán María devastaron todo el territorio puertorriqueño. De un día a otro, cayeron las fachadas del país. Edificios y urbanizaciones, antiguos o recientes, mostraron sus vicios de construcción. Levantados frecuentemente en tierras cercanas a represas, ríos, quebradas, sistemas pluviales insuficientes; carreteras y sistemas eléctricos hechos siguiendo la lógica de la mínima inversión y mantenimiento, fueron mostrando al fallar, inundarse o destruirse su verdadera naturaleza y su historia secreta e irresponsable.

Para el gobierno, el día siguiente de la catástrofe se imaginó como cualquier otro. Toda intervención de un funcionario debía tener una referencia positiva al gobernador. Por la limitada información que circulaba, se entendía que el mandatario iba personalmente de un sitio a otro, como si enfrentar una emergencia de esta magnitud fuera lo mismo que una campaña electoral. En sus conferencias de prensa no se contestaban las preguntas importantes y a partir de esta renuencia fue apareciendo el cuadro real de la catástrofe. Ésta consistía, entre otras cosas, de lo siguiente: el gobierno (como la población) estaba incomunicado. No tenía la menor idea de lo ocurrido en un número sustancial y nunca revelado de municipios. No poseía fondos de emergencia: ni de combustible ni de alimentos ni agua. Dependía para todo ello, al igual que para las comunicaciones, de empresas que se habían beneficiado del desmantelamiento de las instituciones y servicios públicos que habían ocurrido a partir de que el padre del actual gobernador vendiera la Telefónica. Tanto el gobierno como los ciudadanos estábamos ahora a la merced de aquellos que se lucran por los servicios que ofrecen. El gobierno no poseía ni siquiera de simples radioteléfonos cuyas señales pueden llegar fácilmente a todo nuestro territorio.

Según pasaron los días el mensaje se anquilosó. El gobernador aludía a su plan y nos recordaba que estábamos en la Fase I, que equivalía a Emergencia. Según la crisis generalizada fue emergiendo de pueblos, hospitales, égidas, comunidades; según la población se fue quedando sin alimentos, combustible y dinero y aparecieron las colas kilométricas, nació lo que el plan de La Fortaleza no contemplaba: la Fase II de la desesperación. Ante ésta el gobernador sólo pudo pasarle el micrófono al director de FEMA. El gobierno admitía así su catastrófica insuficiencia e ineptitud: ahora el plan era que otro nos salvara.

Hace dos noches pude entrar por primera y única vez a la página digital de este diario y sólo pude abrir uno de sus artículos. Era un “minuto a minuto” de los eventos de la jornada. Metido entre los hospitales que cierran por falta de diésel y las informaciones de comunidades que lo perdieron todo, se aludía a una comparecencia del gobernador en CNN en la que afirmaba que había una crisis humanitaria en Estados Unidos porque Puerto Rico era Estados Unidos. Al ser el país un territorio no incorporado o colonia, esta información es falsa. En la jurisprudencia estadounidense lo que esto significa es que no somos parte sino propiedad de Estados Unidos. Una encuesta reciente mostró que más del 60% de los estadounidenses ni siquiera saben que se nos otorgó su ciudadanía y, lo que es mucho más determinante, una porción mucho mayor no nos reconoce como sus compueblanos. En días comunes, y ni hablar en días de catástrofe, no debe haber lugar para sueños. Ya lo dijo el presidente del país que nos posee: somos gente maravillosa y aun con el huracán tendremos que pagar la deuda. El plan mediático del gobernador Rosselló desembocó en un callejón sin salida.

“Puerto Rico no es un país” es una afirmación frecuente del anexionismo en los debates sobre nuestra condición política. El huracán María ha probado esta afirmación cierta pero no de la manera que quisieran ciertos políticos. La incapacidad e ineptitud de estos días y los por venir demuestran que desde arriba, es decir, desde los gobiernos no se ha construido un país que pueda servir efectivamente al pueblo cuya existencia ineludible e indudable queda más allá de las mafias políticas y empresariales. Sin sistemas de previsión propios, sin conexiones afectivas y culturales con el país real, sin otra acción que el llamado a una ayuda que se da a regañadientes por una metrópolis distante e indiferente, el gobierno ha mostrado sus vicios de construcción y se ha venido abajo. El día en que llegó María fue el de la epifanía. No tenemos país en La Fortaleza ni en el Capitolio ni en las Agencias Federales. El país innegable y harto real que no tiene electricidad, que espera horas por combustible, al que no se le informa debidamente, al que no llegan ayudas es el que sobrevivirá. Pero no habrá reconstrucción que merezca este nombre si permitimos que se conviertan fantasías y oportunismos en los mismos vicios de construcción.

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