Carlos E. Ramos

Tribuna Invitada

Por Carlos E. Ramos
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Víctimas y victimarios de la libertad de expresión

Una característica evolutiva del homo sapiens fue poder articular sentimientos mediante el lenguaje escrito y otras formas sofisticadas de comunicación. Con el devenir del progreso humano, la invención de la imprenta fue trascendental en su salto cualitativo. La divulgación de la palabra escrita comenzaba a ser masiva. Entonces la expresión advino más poderosa. Era muy eficaz cuestionando la legitimidad del poder. En el ámbito público, monarcas comenzaron a exigir licencias para operar imprentas y comenzaron a confiscarlas.

Los poderes públicos se vieron amenazados: la expresión podía causar daño. Incluso podía lacerar la dignidad humana. ¿Cómo conciliar el ejercicio de la libertad de expresión con la protección de otros derechos humanos? Las lecciones de la barbarie nazi agudizarían la disyuntiva.

Durante las primeras décadas del siglo pasado el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ofreció su respuesta. En tiempos de guerra arreciaban las protestas expresivas de grupos políticos minoritarios, particularmente comunistas y sindicalistas, contrarios a la política pública del gobierno. El Congreso aprobó leyes penales que fueron avaladas por el tribunal. Para poder reprimir una expresión era suficiente demostrar que las mismas podían “causar un daño claro y presente”. Bastaba que estas expresiones, por su contenido y contexto, tuvieran la tendencia natural de causar este daño. La fiscalía no tenía que probar intención específica. Solo era necesario probar que se había empleado la expresión.

Por décadas, esta doctrina tuvo el efecto de establecer códigos de expresiones prohibidas. Esto permitió la persecución del Negociado Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) de grupos minoritarios, incluyendo la confección de carpetas de personas fichadas por sus creencias políticas, religiosas o de género. Pero, en 1967, el Tribunal Supremo cambió la forma de interpretar el ejercicio de la libertad de expresión. Se trataba de miembros del Ku Klux Klan acusados de hacer expresiones televisivas denigrantes contra judíos y afroamericanos. En nuevo giro doctrinal, el Tribunal absuelve y determina que no era suficiente para el Estado traer prueba solamente de las expresiones utilizadas. Era indispensable también establecer que incitaban a cometer un acto ilegal, lo cual conllevaba probar que era inminente y con probabilidad real de causar el daño contenido en el exordio. El Tribunal protegió al KKK pero también la libertad de expresión de todos los grupos históricamente discriminados.

Esta es aun la doctrina vigente. En ocasiones, voces importantes y lúcidas han reclamado que esta doctrina no se aplique cuando se trata de expresiones contra grupos marginados cuyo sentir de por sí ya está aislado. Como norma general, el uso de estas debe considerarse odioso y sin protección constitucional. Causan daño y el Estado debe reprimirlas. Así sucede en muchos países del mundo e incluso está recogido en pactos internacionales. Sus defensores alegan que tampoco ello es extraño al derecho constitucional norteamericano. Ya el tribunal ha desarrollado doctrinas similarmente excepcionales, como por ejemplo en materia de expresiones comerciales, difamatorias u obscenas.

¿Cuáles expresiones odiosas deben prohibirse? ¿Solo las dirigidas contra ciertos grupos minoritarios o se incluiría toda expresión odiosa dañina al ser humano independiente de la naturaleza del grupo o persona aludida en la expresión? ¿Cómo ha de determinarse si son odiosas: por su contenido, por su “tendencia natural” a causar daño o solo si en efecto han causado un daño inminente? ¿Cómo controlarlas en la Internet? Las respuestas a todas estas interrogantes las tendría el Tribunal Supremo de los Estados Unidos cuya composición actual y futura no es aleccionadora para los intereses de los grupos que reclaman la nueva categoría represiva.

Los acontecimientos terribles en Virginia reviven este debate. Tal como ha sucedido en tiempos de guerra, cuidado con responsabilizar a la libertad de expresión. Víctimas podrían ser victimarios y viceversa.

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