Mari Mari Narvaéz

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Por Mari Mari Narvaéz
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Victoria y la libertad de Oscar

En quince años han pasado tantas cosas. Hace quince años, la vida nos había cambiado para siempre tras los ataques de Al Qaeda en suelo estadounidense. Comenzaba entonces la cacería de Estados Unidos en Irak, buscando unas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron pero que provocaron una guerra cuyas consecuencias todavía hoy sufrimos.

Ese año nacía una niña en mi corazón: Victoria. El martes me llamó, profundamente emocionada con la noticia de la liberación de Oscar López. Para mí han pasado muchas cosas en 15 años pero, para ella, esa es su vida entera. Toda su vida ha transcurrido escuchando sobre Oscar. Fueron muchas las veces que se puso la camiseta y acudió a las manifestaciones por su libertad.

La recuerdo hace unos años caminando medio quejosa en una larga marcha por Hato Rey. “Estoy cansada, titi”, me decía bajo un sol despiadado. Yo miré alrededor y le señalé una cantidad substancial de personas muy mayores que marchaban y gritaban consignas con gran energía. Se enderezó y no se quejó más.

Perdonen que me ponga personal pero quiero decirle dos cosas a Victoria, a Andrea, a Cecilia, a las miles de niñas y niños que nos acompañaron en esta lucha tremenda. Primero, que esta ha sido una de las batallas más difíciles de nuestra historia. Que tuvimos momentos de gran desconcierto, de mucha desilusión, de miedo. En un momento pensamos que nunca veríamos a Oscar fuera de la cárcel. Pero fue una de las luchas más felices que hemos dado en este país. Gracias al arte, a la música y a esa característica de reírnos hasta de nosotros mismos, la alegría siempre se nos impuso. Siempre. Y la frustración no detuvo la lucha. Por el contrario, mientras más lejos se veía la victoria, más arreciaban cientos, miles de personas por adelantar el mensaje de libertad para Oscar.

Quiero decirles también que la razón por la cual se nos hizo tan difícil lograr la excarcelación de Oscar es porque el poder político que tenemos los puertorriqueños es muy reducido. El poder político mayor en nuestro país lo ejerce Estados Unidos de forma ilegal. Por eso, no podemos decidir nuestros destinos ni tenemos la capacidad de negociar entre iguales ni con ellos ni con otros países. Si nosotros manejáramos nuestro poder político como país, es muy posible que hubiésemos podido lograr la liberación de Oscar antes.

Como hizo Cuba recientemente con sus prisioneros políticos tras 15 años de encarcelamiento en Estados Unidos. Como también esa isla hermana pudo intervenir por nosotros para lograr la excarcelación incondicional de cinco presos políticos puertorriqueños en el año 1979. Esas son gestas que solo los países que se mandan a sí mismos pueden alcanzar de manera frontal. Los que no tenemos eso, debemos ir por otras vías, gritar mucho más alto, pedirle ayuda y solidaridad a los demás países por vehículos no oficiales pues no tenemos acceso a los oficiales.

Como dice Eduardo Lalo, marcamos el teléfono y nadie allá contesta. Por muchos momentos, permanecemos invisibles ante el mundo. El trabajo se vuelve mucho más arduo y difícil. Por eso también es tan alucinante, hasta escalofriante, cuando por fin logramos una victoria como esta.

Este final tan feliz con Oscar debe inspirarnos a más. Ya no solo ha llegado la hora de traerlo de regreso a casa. Ahora también es el tiempo de arreciar en una lucha más que centenaria para asumir por fin las riendas de esta casa, que en el fondo solo tiene sentido que sea nuestra. De nadie más sino nuestra.

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