Pedro Reina Pérez

Punto de vista

Por Pedro Reina Pérez
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Viejo San Juan: defender el patrimonio

Comprendo la indignación que suscitan las pintadas con grafiti en el Viejo San Juan, pero no la comparto del todo. Sorprenderá que sea yo, un historiador sanjuanero quien afirme esto, pero el contexto es tan importante como los hechos puntuales.

El San Juan colonial es una parte importante y emblemática de nuestra historia, y por décadas ha sido venerado como tal. Como en la era colonial española, allí tiene su sede física el poder ejecutivo, el legislativo y hasta el religioso—al menos simbólicamente. Claro que dicho distrito amerita cuidado y atención en tanto que recinto que encierra tanto valor para los puertorriqueños.

Por eso fue el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), bajo la tutela de Ricardo Alegría Gallardo, quien encabezó los esfuerzos de recuperación de la antigua ciudad, a partir de los años sesenta. Antes de eso, el San Juan antiguo era fundamentalmente un vecindario muy decaído, con estructuras en mal estado y familias hacinadas en espacios precarios, mientras el gobierno ponía su empeño es otros menesteres. “El San Juan de los cincuenta”, me confesó en una ocasión la exalcaldesa Felisa Rincón, “era otro arrabal que reclamaba nuestra atención”.

La iniciativa del ICP consiguió la transformación deseada, aunque con un costo humano significativo, y por casi tres décadas el Viejo San Juan se convirtió en una referencia amplia. Hasta que un día, aquel San Juan colonial que tenía virtudes y defectos, comenzó a mostrar signos de un declive intenso, sin que muchos levantaran con fuerza la voz para denunciarlo. Que hoy alguien afee sus paredes con un pote de pintura es una acción que tiene remedio. Otros vandalismos, sin embargo, son más dañinos y persistentes.

La especulación inmobiliaria, el abandono de los códigos de preservación y el acusado deterioro de los edificios históricos públicos son apenas tres ejemplos de una gestión tan deficiente, que hace tiempo debió haberse convocado no una sino múltiples marchas para exigir acciones del gobierno central y municipal. El caso de los adoquines defectuosos en las calles principales, agravado por los camiones de carga y las guaguas turísticas, merece un capítulo propio en esta historia de infamias que nos costó millones de dólares. Recuerdo que cuando la alcaldesa Sila María Calderón, intentó preventivamente regular el tonelaje de los vehículos que entraban, la respuesta fue un litigio que consiguió neutralizar su gestión. Hoy, es indignante comprobar que el estado de la calle Fortaleza es tan peligroso, que pronto habrá que cerrarla al tránsito vehicular de nuevo para repararla.

Si vamos a alzar la voz contra el vandalismo al menos seamos consistentes con nuestros reclamos. Que nos indigne del mismo modo la mendacidad con que la gobernadora Wanda Vázquez afirma que los refugiados están contentos, el acaparamiento de agua y alimentos para repartirlos con fines partidistas, o la designación de Héctor Martínez a presidir la comisión de nombramientos del Senado. Cuando todo lo anterior enfurezca como debe ser, cuando los críticos hagan algo más que gritar por una pared afeada, me avisan. La pared grafiteada se pinta y ya. Erradicar la decadencia moral—esa tomará más tiempo.

Lea también la columna de Magali García Ramis sobre este tema.

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