Chu García

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Por Chu García
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Vince Carter guarda sus tenis dorados

Solamente el pandemonio, tal como llama el más veterano de los líderes deportivos puertorriqueños, Osvaldo Gil, a la pandemia indomable que azota al mundo sin misericordia, ha logrado retirar de la NBA, a Vince Carter, en su temporada 23, durante cuatro décadas, ya que Atlanta Hawks no fue invitado al certamen que cuando se reanude se jugará solamente en Orlando, en los predios de Walt Disney World, con 22 clubes. 

Carter participó en 1,541 partidos, quedando detrás de Robert Parish (1,611) y Kareem Abdul-Jabbar (1,560), viendo acción en ocho equipos y comenzando con Toronto, en 1998, evolucionando de saltarín a dínamo ofensivo y defensor efectivo, además de su pasión que nunca minó con la suma de almanaques. 

Con 6-6 de estatura, Carter promedió 16.7 puntos, 4.3 rebotes y 3.1 asistencias y un PER de 18.6, pudiendo emplearse como escolta, alero y ala, algo no común en el mundillo enebeísta, de ahí que su polivalencia fuese su marca de fábrica. 

En cinco campañas, sudó el uniforme en 80 y más partidos, mostrando su fuerza física y mental, sin temerle al golpe y ganándose la admiración de sus compañeros y rivales por su buen carácter, negándose siempre a buscar la adulación.

Carter fue escogido por Golden State en el turno 5 del draft de 1998, pero cambiado a los Raptors, y obtuvo el galardón de Novato del Año, y todavía se recuerda sus volcadas en la competición del 2000 en Oakland, ya que de inmediato le apodaron Air Canada, y jamás negó que su ídolo desde niño fue Julius Erving, alias Dr. J, al que intentó imitar al darse cuenta que con sus brincos casi rompía la ley de gravedad. 

En el básquetbol universitario, estuvo con los Tar Heels de North Carolina, dirigido por el mítico Dean Smith, y optó por no ser senior y lanzarse al sorteo ya mencionado. 

Nacido en Daytona Beach, Florida, sus padres insistieron en que viera más allá del basket en su niñez y adolescencia, transformándose en músico a regañadientes, tocando trompeta y saxofón.

Sin embargo, a fin de cuentas, el tabloncillo pudo más con sus tenis dorados.


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