Jon Borschow

Tribuna Invitada

Por Jon Borschow
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Vínculo ciudadano con el éxito de una economía

Ciudadano es aquel con la responsabilidad para hacer las leyes y la disciplina para cumplirlas. (Aristóteles, La Política).

En su origen, el concepto de ciudadano se refería al habitante de la ciudad, del espacio público o “del pueblo”; en nuestro entorno contemporáneo ese espacio se amplía al país. Implica una serie de derechos y particularmente de responsabilidades. El ciudadano es propietario y a la vez gestor de ese espacio; compete al ciudadano forjar y protegerlo. Por definición, no se puede ser ciudadano y ser pasivo.

Aplica a todos los aspectos de la vida en comunidad, desde lo mundano hasta lo crucial. La seguridad, el orden, la protección del ambiente, la salud pública, la educación, el diseño del entorno físico, la base de la economía, todo es responsabilidad ciudadana. Pueden actuar como individuos, en concertación con otros ciudadanos, o a través de organizaciones gubernamentales o de sociedad civil, regidas por una institucionalidad de normas sancionadas y fiscalizadas por el actuar ciudadano cotidiano. El proverbial “ojo del amo” para la vida pública es el ojo ciudadano.

Aquí en Puerto Rico observamos un severo déficit de esa ciudadanía, y en su lugar, operan otras fuerzas: bien o mal intencionadas, públicas o privadas, conscientes o al azar, pero en fin no ciudadanas. Nos sentimos desligados, impotentes y a la deriva ante esas circunstancias que rigen nuestras vidas.

En lo económico, nos vemos navegando en un turbulento mar y lo más que podemos hacer como individuos es manejar nuestro bote para que no zozobre. Ni hablar de incidir para cambiar la forma de navegar o trazar un nuevo rumbo. Nos sentimos como reactores ante esas fuerzas externas; intentamos protegernos rodeándonos de personas de confianza, y nos inventamos normas de comportamiento que no siempre son “por el libro” pero que aparentan funcionar. Bregamos, y bregando nos arrimamos al movimiento partidario, y a cambio de promesas, abdicamos a nuestra responsabilidad como ciudadanos, dejando de perseguir ni un plan ni una agenda económica. Y todos hemos sido cómplices.

Nuestra economía parecería contradecir este principio de que la ciudadanía económica— que es la apropiación ciudadana de la economía en todos sus niveles— es la base de la sustentabilidad económica de los países. Puerto Rico se transformó en medio siglo de una economía tradicional de plantación a una moderna industrial y de servicios sin un insumo ciudadano significativo. El empresariado criollo que debió ser la columna vertebral de la economía nunca cumplió su cometido; la inversión y la innovación en el país vinieron desproporcionadamente “de afuera”.

Las empresas de capital de riesgo locales se limitaron a atender el mercado local, evitando el riesgo de exportar bienes y servicios al mundo, y aprovechando sus franquicias exclusivas para capitalizar en el consumismo a través de la importación, extrayendo ganancias para luego vender sus franquicias a las transnacionales que hoy dominan este mercado y que aprovechan sus poderosas cadenas de abasto para minimizar la producción y creación de valor a nivel local. Así se ha ido re-creando el equivalente moderno de una economía de plantación – salarios bajos pero con menos empleos. El papel de la institucionalidad del país consistió en ofrecer y continuamente refrescar el paquete de incentivos que se ofrecían en los comicios electorales cada día más con deuda pública y la redistribución de contribuciones que se extraían de la decreciente actividad económica.

Así las cosas, ya desde hace décadas, la economía del país comienza a asemejarse a un globo de feria: seguía en pie mientras se le siguiera bombeando aire económico, cada vez con más urgencia dado los escapes cada vez mayores. La crisis actual, motivada en parte por factores externos y por la reducción en la “capacidad de bombeo” y una alarmantemente mala gobernabilidad de décadas, fue así una muerte anunciada.

En contraste a este panorama poco alentador, y sin planificación ni particulares incentivos, está emergiendo una generación de empresarios comunitarios. Éstos empiezan a verse como ciudadanos económicos atados al éxito empresarial de sus entornos que se involucran en la realización de la economía que desean, a no ser observadores sino partícipes. Sin ellos ninguna economía se sustentará.

El desafío estriba en que, más allá de que los ciudadanos se organicen en comunidades para atender prioridades locales, se tienen que llegar a ver como fundamentos solidarios de la economía del país. Se tienen que visualizar dentro de y participar de una estrategia económica para todo Puerto Rico que los vincule de la manera más directa e inclusiva con oportunidades sostenibles de creación de valor para el mundo.

Para lograrlo, se necesita no solamente crear la visión estratégica sino también construir los hilos conductores y conectores que unan todos estos esfuerzos históricamente aislados en un gran colectivo. Para ese propósito se están construyendo concertaciones como Juntos por Puerto Rico, cuyo urgente reto es dicha conectividad. Ahora nos toca a todos fortalecerlas.

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