Madeline Román

Punto de Vista

Por Madeline Román
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Violencia intrafamiliar en Toa Alta: economía que mata

En junio de 2016, el entonces jefe de la Policía señalaba que los asesinatos en Puerto Rico habían aumentado en un 14% sobre el mismo período de 2015 debido al avance registrado en los casos de violencia entre familiares. A este tipo de delitos, el filósofo francés Michel Foucault los denominó delitos “contra natura” pues para él son delitos contra aquellos que tendrían que estar en nuestros corazones y en nuestros afectos. 

Al presente, el incremento en extensión e intensidad de este tipo de violencia ha seguido su curso, a juzgar por los medios noticiosos. La llamada tragedia de Toa Alta parece ser una expresión de esta violencia intrafamiliar, pero es también un buen ejemplo de las relaciones que se van produciendo entre la violencia subjetiva (aquella que vinculamos a los actos y comportamientos de las personas) y la violencia objetiva (violencia vinculada al operar de los sistemas sociales y económicos). 

De acuerdo a la información suministrada por la Policía y medios de comunicación, el aparente móvil de este triple asesinato (un hombre de 77 años mata a su hermana de 86, a su sobrina de 70 y al esposo de esta de 81) fue una disputa familiar en torno a una casa de madera. El elemento que amarra estas dos violencias (subjetiva y objetiva) es la casa. La casa, su valor simbólico, afectivo y material.  La casa, como el bien más preciado promovido por el trayecto de la modernidad en Puerto Rico, ha sido precisamente el bien más golpeado por la actual crisis económica y financiera local. Las ejecuciones, los desahucios (como el que recibió el perpetrador, en este caso por su propia familia), ha sido uno de los rostros más consistentes de la violencia de la economía o de una economía que, literalmente, mata (mata ilusiones y proyectos de vida de la gente). Para toda una generación que creció al calor de la canción de Rafael Hernández, “yo tengo ya la casita que tanto te prometí…” esto no es poca cosa. Que la gente termine matándose (o “abriendo fuego”) por tratar de retener ese bien tan preciado (al cual incluso han adherido su valor como personas) no tiene nada de extraño pues los conflictos sociales y económicos hallan su manera de irradiar las vidas de las personas. No se trata de eximir de responsabilidad al perpetrador, pero sí de reconocer que en Puerto Rico están puestas todas las condiciones para que la violencia irrumpa de una manera u otra.

Los conflictos familiares alrededor de terrenos y casas han sido muy comunes. Antes se hablaba mucho de conflictos de “colindancia”. La palabra colindancia me parece atinada sobre todo porque es una buena metáfora. A mi modo de ver, en Puerto Rico hay un gran conflicto de colindancia porque la violencia intrafamiliar apunta también a la necesidad de reconocer toda la violencia que se esconde detrás de esos reductos familiares donde, pensamos, que la gente naturalmente tiene que quererse porque “son familia”. Pero es justo esa positividad de los afectos la que se convierte en su contrario: en hostilidad y violencia. Es preciso desmitificar lo familiar como espacio privilegiado de los afectos para atender la violencia que le es suyo.

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