Ana Helvia Quintero

Punto de vista

Por Ana Helvia Quintero
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Violencia y criminalidad: alternativas escolares

En estos días, ante el persistente azote de violencia, la gobernadora Wanda Vázquez reunió a los componentes de seguridad para buscar alternativas al problema. Este es un componente necesario para combatir la violencia, cuando la misma se manifiesta en forma criminal. 

Ahora bien, el problema de la violencia es muy complejo, para el cual no hay soluciones fáciles, ni mágicas, ya que inciden sobre el mismo muchos factores. Por ejemplo, estudios sobre la violencia apuntan a la frustración como una de sus raíces. La frustración, a su vez, tiene diversas causas: la marginación, la desigualdad, el rechazo a lo diferente, la falta de oportunidades efectivas.

Ampliando sobre este último factor, la falta de oportunidades efectivas, es interesante apuntar que la mayoría de los jóvenes en las cárceles son desertores escolares, jóvenes a los cuales la escuela no les abrió posibilidades. Con algunos grupos de la población escolar la escuela ha sido relativamente efectiva. No debemos olvidar los reconocimientos en ferias científicas, certámenes literarios, presentaciones musicales, en ocasiones a nivel internacional, que reciben nuestros estudiantes. 

Ahora bien, la escuela ha tenido dificultad en apoyar a un grupo de estudiantes a encontrar un espacio saludable en nuestra sociedad. La mayoría de estos estudiantes proviene de áreas de pobreza. Internacionalmente se ha comprobado que hay elementos de la pobreza que afectan negativamente el éxito escolar. En países e instancias donde se ha minimizado el efecto de la pobreza en la labor escolar se han integrado a la escuela servicios de salud, de enriquecimiento cultural, de apoyo socioemocional, entre otras cosas para trabajar con el estrés. 

Partiendo de las experiencias de estos países, junto a experiencias en Puerto Rico, como la de las escuelas alternativas, interesamos investigar en la acción cómo integrar a las escuelas en el sistema público en forma articulada los servicios que ofrecen otras agencias del gobierno, tanto municipal como estatal, así como entidades de base comunitaria que apoyan el desarrollo saludable del estudiante, convirtiendo así a la escuela en un Centro Comunitario de Servicios. 

A la vez que se integran servicios de apoyo a la salud física y emocional del estudiante, la enseñanza debe tener mayor pertinencia a las realidades de vida del joven, proveer los recursos didácticos para un aprendizaje efectivo, respetando la diversidad de los estudiantes, pues todos no aprenden al mismo ritmo, y crear en la sala de clase y en el ámbito escolar una relación de empatía y de apoyo personal, y una comunidad de paz.

Hay ejemplos de escuelas que han trabajado en esta dirección, en las cuales maestros y directores han logrado crear ambientes de paz, con estudiantes que provienen de ambientes familiares y vecinales marcados por la violencia. Ellos muestran, que, aunque no es tarea fácil, se pueden crear ambientes de confianza que logren que el estudiante supere sus sentimientos de coraje y agresividad. En efecto, han comprobado lo que nos dice la literatura: los ambientes escolares acogedores y sensibles al desarrollo social y emocional del estudiante mejoran, entre otras cosas, su aprovechamiento académico, su retención y progreso escolar.

Las iniciativas de escuelas alternativas y los proyectos de desarrollo comunitario orientados por estos principios han demostrado su efectividad con jóvenes con rezagos de aprendizaje y comportamiento anti- escolar, con resultados de mayor retención y de graduación de escuela superior. Además, han mitigado su agresividad y comportamiento de violencia.  A su vez las comunidades que han emprendido desarrollos sociales y mayores lazos de solidaridad han registrado reducciones significativas en la delincuencia. Las escuelas pueden integrarse con estos desarrollos comunitarios para mejorar las condiciones para el aprendizaje de los estudiantes, y colaborar con el desarrollo de la comunidad.

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