Ana Teresa Rodríguez Lebrón
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Vivir del cuento

Durante mi niñez recuerdo a un señor que pasaba frente a casa de mis abuelos, todo desaliñado, maldiciendo hasta su sombra. La imagen apacible de mi abuelo, con su cajita de afeitarse, iniciando el rito diario de la taza de café con pan, se veía interrumpida por el paso violento de aquella persona. Recuerdo cuestionarme a dónde iba. Me quedaba claro que su imagen no era ni remotamente parecida a la que llevaban mis padres cuando salían a sus trabajos. ¿De qué vivía?

Entonces, con el tiempo, aprendí lo que significaba “vivir del cuento”. El cuento como ese arte de vivir a costa del otro.

Aun cuando existen cuentos isleños como para hacer tres tomos de “Las mil y una noche”, una historia que se repite es aquella que tiene al gobierno como personaje principal. Ese relato que leemos una y otra vez, donde los privilegiados logran transformar ese “vivir del cuento” a un “vivir de nosotros”; enriqueciéndose mientras nos sumen en la pobreza. Son esos, los que viven de nosotros, los que continúan asignando contratos o aceptando puestos amparados en un único requisito: poseer el talento de ser hijo, cónyuge, amigo…

Al más mínimo reclamo de quienes subvencionamos sus estilos de vida, inician con la retórica de “quien lo hereda no lo hurta”; y se nos señala como el grupo de perdedores.

Cada vez que surge un nuevo señalamiento, a esa cepa de privilegiados, escucho a un “nosotros” responder inanimado que “ya nada sorprende”. Olvidamos que no es lo mismo que no te sorprenda, a que te sea indiferente. Cuando se asume la última, entonces ponemos punto final y damos todo por perdido.

Y es que también con el tiempo aprendí que, es más fácil juzgar al que lucha por sobrevivir, que exigir a quienes nos limitan el vivir.


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