Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Vivir en la colonia

No queda duda: nos lo han dicho claro. Somos una colonia cuya supuesta autonomía no vale ni lo que cuesta el papel en que está escrita la Constitución.

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos podría ratificarlo en cualquier momento. Pero aún si ese augusto cuerpo encontrara alguna formulación salomónica para salvaguardar el statu quo, lo dicho –por un procurador federal- dicho está. No hay manera de retornar al estado ilusorio en que vivíamos. Si no una colonia clásica, somos un facsímil razonable de ella.

Vivimos, por más de cincuenta años, a espaldas de la autodeterminación, engañados por los de allá y los de acá. Nos dejamos engañar. Preferimos la ceguera voluntaria, el cinismo craso o (cada vez más) la fuga. Rotas las ilusiones (esto no es un tango sino una columna periodística, pero permítasenos el desahogo), no es posible seguir refugiándonos en el bienestar de hecho ante la carencia de derecho, sobre todo a la luz de que ese bienestar que disimulaba la situación se está esfumando con la rapidez con que desaparece un merengue a la puerta de un convento.

Aquello de que estamos mejor que las islas que nos rodean no es ya cierto. Lo será cada vez menos. No podremos jactarnos de ser los más prósperos del Caribe; ni siquiera de haber alcanzado una igualdad social superior a la de Latinoamérica. Los índices de diferenciación entre los más pudientes y los más pobres (el coeficiente Gini) arrojan, de hecho, que estamos al nivel de Nicaragua, México, Colombia y Brasil en términos de la desigualdad, y peor que El Salvador y el Perú. (Vemos, por un lado, el derroche consumista, y –por el otro- la carencia de servicios básicos de seguridad, salud y educación para quienes no pueden pagarlos.)

Tampoco tenemos un pueblo educado. La educación ha sido, precisamente, el desastre peor. Los muchachos salen diplomados careciendo, en general, del dominio de las destrezas básicas y de un conocimiento adecuado del mundo y de nuestro lugar en él.

Los dirigentes se han preocupado de asegurarse sus prebendas y de acallar los conflictos que pudieran amenazarlas pero no de atender el asunto de la educación. Ningún funcionario a cargo de ese renglón parece tener una idea clara ni una dirección certera respecto a lo que implica una educación cabal fuera de poner una computadora en manos de cada niño. Nadie se ha planteado lo fundamental: educar para qué. Nadie piensa que debe ser para formar ciudadanos instruidos y cultos que tengan claro de dónde vienen, hacia dónde van y cómo pueden servir al país, además de prosperar ellos mismos.

La educación ha adquirido un sesgo escapista, como tantas cosas en nuestro país. Escapamos de la realidad contentándonos con unos conocimientos tentativos, superficiales, periféricos, que confundimos con una formación intelectual.

Escapamos también de otras maneras: enriqueciéndonos a toda costa, buscando un mayor confort personal,comprando, fiestando. El país se jacta de su capacidad para el jolgorio y la bachata. Parecería positivo, pero puede ser una manera de tapar el cielo con la mano. Reímos para no llorar; cantamos y bailamos para no enfrentar la realidad; fiestamos porque es una de las pocas maneras accesibles de sentirnos libres, de las pocas que suponen una concordancia colectiva. Fiestando nos hacemos la ilusión de que todo está bien.

Pero no todo está bien aquí. Nadie –si no somos nosotros- puede garantizar que así sea. Los del Norte han dejado claro que nuestra Constitución no garantiza nada. Los de aquí no quieren –o no saben- gobernar para la libertad y el esfuerzo que esta exige de quien la busca.

Nos duele Puerto Rico. ¿Qué hacer? ¿A dónde mirar? ¿Qué enseñarles a hijos y nietos sobre el país que nos vio nacer y al que queremos a pesar de sus fallas, carencias e insuficiencias? “Nuestro vino es agrio”, dijo Martí, “pero es nuestro vino”. Hagámoslo verdaderamente nuestro para mejorarlo.

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