Robert Villanúa

Punto de vista

Por Robert Villanúa
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Voilà le Moulin Rouge, el cabaret más famoso del mundo

Hay fiesta callejera en París. En pleno Boulevard de Clichy, a los pies de la colina de Montmartre y de la basílica del Sacré-Coeur, el mítico cabaret Moulin Rouge —inaugurado el 6 de octubre de 1889— festeja sus 130 años de existencia.

Turistas y residentes se mueven al compás de “La vie parisienne”, ópera bufa del compositor Offenbach, mientras que sesenta bailarinas ejecutan un impresionante cancán con lujo de “splits” y “fouettés”.

¿Por qué el Moulin Rouge ha alcanzado tal nivel de fama? Por su ubicación (París, ciudad-luz), por la época de su lanzamiento (La célebre “Belle Époque”), sus acrobáticas coreografías, sus platos exquisitos, los artistas que por allí han desfilado y por la suntuosa sensualidad de su ambiente. El Moulin Rouge entró, en 2014, al libro Guinness con un récord de 29 “ronds de jambes” y 36 giros en el piso ejecutados en 30 segundos.

Intriga un nombre tan rural para un club nocturno urbano. Antes de 1889, los alrededores de la colina eran campos con treinta molinos de trigo. Dos de ellos eran operados por cuatro molineros, los hermanos Debray. En 1814, una coalición europea pretendió derrocar a Napoleón Bonaparte y los rusos se apoderaron de Montmartre. Los hermanos Debray resisten. Tres son salvajemente asesinados. El cuarto se refugia en el molino con su hijo herido y desde ahí dispara. Los rusos lo descuartizan y amarran los cuatro pedazos a las aspas del molino. La viuda los recoge, los esconde en sacos de harina y manda a enterrar a su familia en el cementerio Saint-Pierre de Montmartre. Sobre la tumba, deposita un pequeño molino rojo. El hijo sobreviviente transformará su propiedad en atractivo lugar de entretenimiento - inmortalizado por los pintores Renoir, Toulouse Lautrec, Van Gogh - y lo llamará Moulin de la Galette.

La Belle Époque, nombre irónico para una capital bombardeada. Desde 1870, la guerra francoprusiana ha terminado y Napoleón III ha desaparecido del panorama. La revolución popular de la “Commune” ha sido aplastada. El pueblo exige paz y progreso. Se construye el tren subterráneo. La Torre Eiffel domina el paisaje. El ministro Jules Ferry crea una enseñanza laica, gratuita y obligatoria. Entre 1871 y 1914, el adelanto tecnológico despierta optimismo. Llegan a París la electricidad y el recogido de basura. Los hermanos Lumière presentan sus primeras películas.

El arquitecto Adolphe Willette y los empresarios Joseph Oller y Charles Zidler diseñan y construyen el Moulin Rouge. “Rouge” para que se destaque de lejos y, tal vez, para homenajear a los molineros Debray con un detalle patriótico. Su éxito desborda las fronteras. Es el primer edificio de París en tener una fachada electrificada.

Toulouse Lautrec dibuja la historia del cabaret. Atrevidas bailarinas como La Goulue, Jane Avril, Nini Pattes-en-l’air, la Môme Fromage y actores como “le pétomane” se destacan. Años después pasarán por su escenario intérpretes y bailarines excepcionales: Mistinguett,Maurice Chevalier, Joséphine Baker, Ella Fitzgerald, Edith Piaf, Yves Montand, María Félix, Charles Trenet, Jean Gabin, Charles Aznavour, Liza Minelli, Elton John, Baryshnikov... Cineastas destacados divulgarán el mito en películas como la de John Huston (con el boricua José Ferrer en 1952) y la del australiano Baz Luhrmann, con Nicole Kidman (2001).

En 1915, un incendio consumió al Moulin Rouge. Lo reconstruyeron en 1921. Su fama no ha disminuido. Dijo Julio Cortázar que París esconde miseria detrás de sus bellas fachadas. De lejos, el molino parece un juguete inocente, pero su universo interior parece desmentir al escritor. Anualmente, allí se beben 240,000 botellas de champán servidas en 750 cubos de plata. Para sus 80 bailarines, los armarios esconden más de 1,000 vestuarios y 800 pares de zapatos hechos a la medida. 25 cocineros y 500 empleados atienden a más de 600,000 espectadores.

A quien guste de sumergirse en una atmósfera de baile, bebida y alegría, en un furor de plumas, lentejuelas y colores, lo esperan las puertas abiertas del fogoso Moulin Rouge.Allá arriba, la basílica del Sacré-Coeur observa, y suspira.

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