Gerardo A. Navas Dávila

Punto de Vista

Por Gerardo A. Navas Dávila
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Voto por miedo y crisis política

La libertad del voto es piedra fundacional de la democracia. El Estado democrático deberá establecer las instituciones que aseguren, en derecho y práctica, el ejercicio de dicha libertad. Los partidos políticos suponen movilizar al electorado y representarlo de manera que el voto, libremente ejercitado, se cuente y cuente, y el colectivo, a través del gobierno electo libremente, gane la capacidad para articular la acción pública y social con dirección, eficacia y legitimidad. Si el Estado y sus instituciones no protegen el voto libre, el gobierno, aun con segundas vueltas, quedará incapacitado para actuar eficazmente, y los partidos, en lugar de mediar en la superación de los problemas, terminarán cómplices de la incapacidad y el privilegio, sirviéndose a sí mismos. Veamos. 

El problema se origina en la normativa que reconoce triunfo total a quien obtiene un poco más votos que cualquier otro, aunque sea minoría del total, denominada mayoría simple. No se trata, sin embargo, de que se gobierne a espaldas de mayorías, sino que se constriñe la libertad con que se ejerce el voto, pues se vota por miedo a que gane el peor por un puñadito de votos si se votara por el preferido que tiene pocas posibilidades de ganar, y, por miedo a perder el voto, se vota por el considerado menos malo; el voto útil. ¿No es de lo que nos quejamos o nos aprovechamos?

Se complica: el voto por miedo conduce necesariamente al bipartidismo. Este propicia y se sostiene en una sociedad rajada de arriba abajo en dos mitades similares, compuestas de todas las capas sociales, acomodadas al interior de cada partido. De esta manera, grupos que comparten una misma situación material, que como tal tendrían una gran capacidad de movilización y acción, divididos y enfrentados por la línea partidista, funcionan más como estratas pasivas, receptoras, ciertamente enajenadas. En consecuencia, sociedad y partido quedan inmovilizados.  Entonces, como se pierde por pocos votos, el liderato de ambos partidos sin sostén social para el cambio y, temeroso de perder si se alejan del centro ideológico, se limitan a proponer cambios inocuos. Como no se diferencian y nada se resuelve, el voto de castigo al incumbente, añadido al voto por miedo, produce la alternancia en el gobierno entre los dos partidos mayoritarios. Esta se acompaña del atornillamiento de colaboradores en el gobierno, agrupados en camadas sobrepuestas con cada cambio, en servicio al partido de turno y a los grupos de interés dominantes en la arena política (y económica), incluidos los que financian la campaña y los demás enchufados. Florecen las conductas erráticas, los almacenes olvidados, las renuncias pírricas. Todo provoca desorganización, ineficiencia e inefectividad en el gobierno, que, penetrado por la moral del mercado (lograr riqueza no importa qué), sucumbe a la corrupción como forma de gobierno, precipitando el desplome de partidos, gobierno y Estado.

La economía de mercado y la colonia crean o mantienen los problemas, mientras el bipartidismo/alternancia, instituidos por la institución electoral que el poder colonial nos legó (no lo olvidemos), crea la incapacidad social y política para prevenirlos o resolverlos colectivamente.  Si los movimientos contestatarios, internos o externos a los partidos, piensan que con ellos será distinto, bueno, podría serlo, pero solo si colaboran para instituir las condiciones que protejan la libertad del voto. ¿Cómo?  Veremos. 


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