Antonio Quiñones Calderón

Punto de vista

Por Antonio Quiñones Calderón
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Voto presidencial, sí o no

El aspirante presidencial demócrata Mike Bloomberg ha anunciado su apoyo a la estadidad para el territorio de Puerto Rico y anticipado que, de instalarse en la Casa Blanca, promoverá y firmará una ley para hacerla realidad. Es el compromiso más firme de cualquier aspirante presidencial estadounidense en relación con el deseo de una vasta mayoría de los ciudadanos estadounidenses residentes en el territorio. Bernie Sanders, el demócrata socialista también aspirante a la nominación presidencial, ha prometido que, de llegar a la Oficina Oval, promoverá un Plan Marshall para el territorio – una referencia al programa de reconstrucción en Europa occidental tras la II Guerra Mundial. Y así, los demás aspirantes demócratas, han hecho sus “promesas” a Puerto Rico. Esto vale una reflexión.

Por más que tenga uno la convicción de que Bloomberg y los demás van en serio con sus compromisos, tenemos que limitarnos a reconocer el lanzamiento al vacío que es apostar al cumplimiento o no de su palabra. A la que en tantas ocasiones han faltado candidatos y presidentes, cuando de nuestro territorio se trata. No más recuérdese al aspirante Barack Obama en 2008 prometiendo trabajar con el Congreso y el liderato político local para impulsar una solución al problema colonial de Puerto Rico, y recuérdese también, su carta al gobernador Luis Fortuño, “asegurando” que el problema del estatus territorial tendría solución “durante los próximos cuatro años”. Para luego escuchar a su portavoz Josh Earnest decir a la prensa: “Esa es una decisión que tiene que tomar el pueblo de Puerto Rico”.

¿De qué tratan los “compromisos” de los aspirantes, demócratas y republicanos, con Puerto Rico? Sencillamente, de la búsqueda de los delegados que apoyen su nominación en su respectiva convención nacional, los que luego no pueden votar por su nominado. Lo que resulta una pasmosa contradicción, además de hipocresía en buena parte del liderato del Partido Popular, que no cree en el voto presidencial, pero sí en la “nominación presidencial”. Pero, aparte la contradicción, propia del pueblo eufemístico que somos en asuntos de política (al coloniaje llamamos “déficit de democracia”, y al robo de dinero público, “omisión en el cumplimiento del deber”), la caza de delegados del territorio por los aspirantes a la Casa Blanca, ilustra el valor puntual del voto presidencial que no tenemos. Y como no lo tenemos, el aspirante convertido en presidente de la nación, podrá, tranquilamente, hacer lo que hacen todos luego de venir a la isla a atropellar el español en búsqueda de delegados que ayudarán a nominarlo: olvidar sus promesas.  Instalado así en la Casa Blanca, el presidente de las promesas no se siente obligado a cumplir su palabra, como sí se sentiría si recibiera miles de votos directos para su candidatura, con el valor añadido de los al menos 7 votos en el Colegio Electoral que se nos reconocerían (más que 22 estados), que son los que efectivamente eligen al presidente.

De ahí que, planteo, la manera idónea para obligar a un aspirante convertido en presidente a cumplir sus compromisos con Puerto Rico sería cambiar la pregunta: “estadidad, ¿sí o no”, por esta otra: “voto presidencial, ¿sí o no?”.

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