William Félix

Punto de Vista

Por William Félix
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Vuela alto, mi “Black Mamba”

Como a todos ustedes, la noticia del fallecimiento del astro del baloncesto Kobe Bryant me ha tomado por sorpresa. Escribo estas líneas con un taco en la garganta, tratando de contener el pesar que se aglomera en el pecho. 

Podría escribir artículos a diestra y siniestra de sus habilidades físicas y templé psicológico. Mis comentarios serían redundantes y repetitivos. Por ello, prefiero compartir mi anécdota del Mamba. Hoy no soy el médico, sino un fanático más en luto.

Mi primer encuentro con Kobe, en el 2010, no fue de ensueño...Sus guardaespaldas intentaron sacarme de la cancha mientras le observaba practicar. Me encontraba ofreciendo asistencia médica en el NBA All-Stars 2010. Mis órdenes eran permanecer en la cancha hasta que el último atleta se fuera. A pesar de la resistencia de su séquito, y de unos cinco minutos sumamente incómodos, allí me quedé. Valió la pena el desaire. 

La noche fue larga. El hombre se quedó por tres horas practicando tiros de perímetros. ¡No paraba! Era como ver un trompo que no perdía momentum en sus revoluciones. Acababa de terminar una sesión de dos horas de práctica con su equipo. El hombre fácilmente perdió cinco litros de volumen corporal, adicional a los muchos otros que sudó en su primer entrenamiento ese día. 

La mañana siguiente, llego dos horas antes que su equipo y nuevamente practicó intensamente. Ejecutaba el mismo tiro de forma compulsiva. Esta vez, se enfocó más en los tiros de tres puntos. Su técnica era perfecta. Sin embargo, él se exigía más y más. Allí no había cámaras. Su actitud no era un espectáculo. Mi ojo clínico veía un hombre obsesivo-compulsivo. Yo, el fanático, veía grandeza en su búsqueda de perfección. Porque la inmortalidad en el baloncesto se da, no por puro talento, sino con la práctica incesante y sobre todo con el estudio exhaustivo del juego. 

Lo que poco saben de Kobe era que, si bien pasaba horas practicando su técnica, duplicaba ese tiempo observando las grabaciones de sus juegos y aprendiendo de sus errores. No era suficiente encestar 81 puntos en un partido, siempre quiso saber cómo colar 100. En sus ojos siempre había fuego, y en sus manos el veneno que neutralizaba sus oponentes. No en balde le llamaban el Mamba. Si su carrera como jugador fue excitante, más fascinante me resultaba el futuro venidero proyectándolo como uno de los mejores catedráticos del juego. ¡Por eso duele tanto su partida!

Dos años más tarde, mi esposa, mi hijo Esteban y yo coincidimos en el ascensor del Westbury Mayfair Hotel con Kobe. Eran las olimpiadas de Londres y me tocó preparar la logística médica para USA Basketball. Su mirada fija hacia adelante, todos en silencio. Me acordé de lo sucedido dos años atrás y evité saludarlo. Sin embargo, mi hijo Esteban se había adelantado. Mi esposa y yo tratamos de contener al niño. De repente, Kobe le mira fijamente. Honestamente pensé que, como muchos, había notado algunos rasgos físicos que llaman la atención de mi hijo con Síndrome Down. Pero su mirada fue distinta. Estaba llena de ternura. Las palabras sobraron. Mi esposa quedó prendada y a mí, por fin me conquistó

Te fuiste muy pronto. Vuela alto mi “Black Mamba”

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