Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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Wanda, se crece o se hunde

Las crisis distinguen a los líderes grandes.  Hay personas que, en momentos cruciales, se tornan dubitantes e incapaces de manejar los problemas y fracasan en su gestión. Otras se crecen en esos momentos y logran manejar y encontrar salida a la crisis.

Pocas personas han estado mejor preparadas para llegar a la presidencia que Herbert Hoover. Huérfano a temprana edad, se hizo ingeniero y millonario, por esfuerzo propio. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, organizó una iniciativa que brindó alimento a sobre 10 millones de personas diarias, gestión que lo catapultó a la fama internacional.

Luego, sirvió como secretario de Comercio y por su dinamismo se le llamó el joven maravilla.  Su récord lo llevó a la presidencia en 1928.  Pero entonces, llegó el martes negro y el mercado de valores cayó estrepitosamente. El mundo se sumergió en la Gran Depresión y sistema capitalista prácticamente colapsó.

Hoover, inexplicablemente, se congeló en la presidencia. Pensando que el sistema capitalista se regeneraría por sí mismo, no tomó acción decisiva para reversar la crisis y atender la miseria que afectaba a los ciudadanos estadounidenses. En las elecciones de 1932 fue barrido de la presidencia por Franklin D. Roosevelt.

Contrario a Hoover, pocas personas estaban menos capacitadas para ser presidente que Harry S. Truman. Sin estudios universitarios y producto de la maquinaria política de Missouri, logró prominencia como senador por una investigación sobre el Ejército. Roosevelt lo seleccionó como su vicepresidente para su cuarto término. Cinco meses después de la elección, Roosevelt muere y Truman es presidente.

Mantenido a ciegas de las decisiones importantes de gobierno por Roosevelt, Truman tuvo que lidiar de inmediato con Churchill y Stalin; llevar a Hitler a la derrota definitiva; tomar la decisión de lanzar la bomba atómica sobre Japón; promover la creación de las Naciones Unidas y del estado de Israel; despedir por insubordinado al general MacArthur y hasta designar al primer gobernador puertorriqueño y promulgar el ELA. Sus decisiones fueron controvertibles, pero fue un hombre que se creció en el puesto y la historia lo ha reconocido como un gran presidente.

Con estas dos referencias y en medio de una crisis universal, corresponde mirar hacia Puerto Rico para evaluar el desempeño como gobernadora de Wanda Vázquez e intentar establecer si está en la categoría de un Hoover o de un Truman.

Vázquez en los ocho meses que lleva en el cargo ha enfrentado tres grandes crisis. La primera, su propio ascenso a la gobernación en medio de una crisis constitucional. Con prudencia y sin pretensiones mayores aparentes, inspiró tranquilidad a un pueblo aturdido por los eventos del verano reciente, y logró consolidar su posición. Le ayudó su anunció de que no le interesaba la política ni quedarse en la posición.

Poco después, cambio de posición sobre la política y le tocó enfrentar su segunda crisis: los y temblores en suroeste de la isla.  En esta ocasión la gobernadora no estuvo a la altura de las circunstancias. Fue incapaz de brindar respuesta rápida y coherente a los problemas confrontados por los ciudadanos de la región. Además, complicó la acción gubernamental con un manejo pésimo de su gabinete, creando inestabilidad y pérdida de confianza en su gobierno.

Las molestias con el gobierno y la gobernadora se ampliaban cada día. Sus probabilidades electorales, se desvanecían. Entonces llegó el COVID-19.

Mientras el virus se esparcía por el mundo, la reacción inicial del gobierno fue indolente y contumaz.  Los riesgos de la enfermedad se menospreciaron y se perdió tiempo valioso. Sin embargo, en un fin de semana, la gobernadora agarró el timón del liderato y se reinventó ante la crisis.  Declaró un estado de emergencia, ordenó un cierre comercial, un toque de queda y solicitó la renuncia de su poco efectivo secretario de Salud.  Con el fin de articular una política coherente designó un grupo de trabajo compuesto de académicos y profesionales del campo de la salud con credenciales excelentes.

Esta iniciativa la complementó con medidas encaminadas a colocar dinero en la economía y muy particularmente, en la clase trabajadora. Hay quien, con razón, asevera que estas medidas son de corte político y no atienden, en su fondo, el problema económico que provoca el cierre de operaciones comerciales y gubernamentales. Pero, la realidad es que muchos puertorriqueños viven día a día y en estos momentos angustiosos, estas medidas, aunque limitadas, ofrecen cierta tranquilidad a un sector grande de la población. 

Lo más importante es que la gobernadora ha proyectado acción y ejercicio de liderato.  En momento de crisis, no hay peor enemigo para un político que la inacción y la pasividad. Así las cosas, la gobernadora se sacudió el marasmo que le perseguía y se ha posesionado de manera efectiva en esta crisis que enfrenta.

Pero lo peor está por venir. Habrá decisiones complejas que tendrá que tomar.  El virus está más extendido en Puerto Rico de lo que se ha documentado. Pronto sus efectos se harán más severos y llevarán nuestros recursos de salud al máximo y muy posiblemente, estos no resultarán suficientes.  Si este es el caso, la población se afectará dramáticamente. De manera simultánea, habrá que resolver hasta cuándo se mantendrá el cierre de operaciones. También será necesario brindar respuesta al dilema de cómo mantener a un pueblo seguro y, a la vez, una economía activa y operacional. 

Esa será la prueba definitiva. La gobernadora tendrá que crecerse y demostrar que está a la alturade las circunstancias como Truman o hundirse como Hoover.  Porque de nuevo, las crisis consagran a los líderes y rematan a los que no los son.




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