Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Wanda Vázquez a la intemperie

A Wanda Vázquez le pasó como al hombre del que habló Jesús en Lucas 6:48: no había construido su casa con cimientos y el primer torrente se la llevó. La casa, en este caso, siendo su candidatura a la gobernación.

Creyó Wanda Vázquez, o la convencieron, que era como montar un kiosco de limonadas bajo una sombrilla. No sabía, ni parece que le dijeron, que la cosa es muchísimo más complicada. Ha habido quien, bendito, pasa años alzando la mano cada vez que preguntan (“yo, míster, yo, míster”), sin que nunca se le llame al frente.

Vázquez llegó por accidente a la gobernación, la arrebató la fragancia del poder (el simulacro de poder de la colonia) y se convenció, o se dejó convencer, de que tenía con qué seguir. El país la está viendo aprender a golpes que la cosa no era tan simple.

La primera gran crisis de su breve mandato -la derivada de los terremotos- demostró cuán vana era aquella ilusión, cuán poco preparada estaba para la audición de gobernadora y, además, para lidiar con las hidras y cíclopes que la esperan en cada recodo de esa aventura y que la están devorando viva, porque quieren destruirla como candidata.

Dentro de los códigos de la política clásica aquí, su candidatura no “aspectaba” al principio del todo mal. Dentro del Partido Nuevo Progresista (PNP), cuyas posibilidades de triunfo son casi siempre más probables que improbables, podía argumentarse que tenía alguna oportunidad. En las últimas semanas se ha ido derrumbando, bloque a bloque, delante de la mirada atónita del país, que nunca había visto tan triste espectáculo. No pudo lidiar con una emergencia ni con los que, desde adentro y desde afuera, por ser candidata, quieren hacerla tropezar, que no son pocos.

Enfrentada a tamaños desafíos, se ha dejado ver abrumada, impotente y tratando de inventar a medida en que va chocando con obstáculos. El torrente se llevó su candidatura y hoy nadie puede decir, con la mano en el corazón, mirando de frente al sol, que es seguro que llegue a junio como candidata. Si llega, será cojeando.

La naturaleza le mandó una prueba y el resultado dejó al país espantado.

Hay reclamos sonoros de que renuncie a la gobernación también. Ya se verá en los próximos días cuánto vuelo coge ese reclamo y cuánto mina el ánimo ya disminuido de la gobernadora, a la que demasiado a menudo se le está viendo en estos días exasperada ante la sucesión interminable de tropiezos.

Ha habido desaciertos de noche y de día, a izquierda y a derecha.

El gobierno pasó días atolondrado antes de poder responder a los terremotos. Si no fuera por el boricua de a pie, que sacó de donde no tenía, muchos hubieran pasado hambre. Se activaron hasta los barberos. Costureras se pusieron a hacerles mosquiteros a los refugiados, cosa esencial cuando se duerme sin paredes, pero que a nadie en el gobierno se le había ocurrido. El gobierno, mientras tanto, pisando y no arrancando.

El sábado 18 de enero la cosa se puso de espanto.

Un ciudadano encontró en Ponce un almacén donde habían guardadas cosas que le eran de gran necesidad a los refugiados. Se ha perdido la discusión desde entonces entre si sabían o no del almacén. Eso no importa tanto, a fin de cuentas. Lo que importa es que había cosas allí que eran necesarias y que las tenían guardadas.

Ese mismo día, la gobernadora botó al comisionado de Manejo de Emergencias, Carlos Acevedo. Días después de haber sido despedido, Acevedo dijo: “todos los ciudadanos tuvieron agua, toldos y catres, dependiendo de las solicitudes de los alcaldes”. Embuste de pies a cabeza: este periodista, y muchos otros, han visto a incontables familias durmiendo en el piso bajo carpas improvisadas por allá por donde se sacudió la tierra.

La gobernadora siguió tropezando. Pidió un informe del almacén en 48 horas, pero cuando lo recibió no lo dejó ver y lo tiró al hoyo negro del Departamento de Justicia, donde, quizás a tiempo para las elecciones de 2036 nos dirán que no se pudo probar que nadie hubiese cometido delitos ocultando suministros.

El mismo día que botó a Acevedo, la gobernadora intentó sustituirlo por José Reyes, jefe de la Guardia Nacional. El hombre aceptó muy contento. Pero un par de días después alguien parece que le hizo saber que siendo un funcionario federal no podía ocupar un puesto estatal. La gobernadora, en vez de reconocer que se había equivocado, dijo entonces que “prefería” que Reyes no ocupara el puesto, que, en medio de la emergencia, sigue vacío.

No mucha gente lloró a Acevedo y quizás por eso un día después la gobernadora quiso estirar su suerte y, como quien entra a un salón virando mesas, botó a los secretarios de Vivienda, Fernando Gil Enseñat y de la Familia, Glorimar Andújar. Anunció los despidos dando la impresión de que los despedía como consecuencia del lío de los suministros.

Después se supo que a Gil Enseñat no se le imputaba nada relacionado a los suministros. La gobernadora dijo que había puesto en riesgo fondos de recuperación de María por unos comentarios que hizo contra las restricciones que Estados Unidos puso al uso de ese dinero. Según Vázquez, un alcalde le dijo que existía la posibilidad de que Estados Unidos a lo mejor se molestara por los comentarios de Gil Enseñat y por eso lo botó.

De Andújar, la gobernadora dijo que la despidió porque no pudo darle información específica sobre los suministros de su agencia. Andújar alega que fue despedida porque no quiso revertir la sanción contra una aliada de Vázquez a la que la secretaria suspendió supuestamente por repartir ayuda con criterios políticos.

La gobernadora negó mucho que ella o alguien a nombre suyo hubiese pedido tal cosa. El viernes, la periodista Nuria Sebazco mostró una carta del secretario de la Gobernación, Antonio Pabón, que demostraba que sí se hizo lo que la gobernadora alegaba que no se había hecho. Cuando se entregó esta columna el viernes por la noche, Pabón seguía empleado.

Ambos despidos están envueltos en el olor de que se hicieron porque los dos infortunados le tienen lealtad a Pedro Pierluisi.

A consecuencia del asunto de los suministros, para el fin de semana estaban suscitándose en la periferia de Fortaleza protestas parecidas, si no en número, sin duda en espíritu, a las que en el verano pasado lograron la renuncia de Ricardo Rosselló. Vázquez les dio la bienvenida en un tuit, pero por la noche su fuerza policiaca estaba otra vez suspendiendo la vigencia de la Constitución y cometiendo la tremenda temeridad de disparar gases lacrimógenos en el Viejo San Juan, para dispersar manifestantes que, en su inmensa mayoría, protestaba pacíficamente.

¿Qué hay hoy, entonces? Un terremoto en una región de la isla se ha convertido en una crisis de grandes proporciones porque el gobierno de Wanda Vázquez no supo manejarlo. Tan terrible ha sido esto, que todavía no se sabe cuándo empiezan las clases y el viernes a mitad de la noche había movimientos de refugiados porque se inundaron los campamentos.

La gobernadora ha tratado de atender el asunto con un ojo en la crisis y el otro en la candidatura. Quiso, como dice el refrán, asar dos lechones y uno se le quemó. O quizás los dos. Está, hoy, la intemperie.

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