Irene Garzón Fernández

DE PRIMERA MANO

Por Irene Garzón Fernández
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WIPR: una culpa compartida

La historia de las emisoras de radio y televisión del gobierno, WIPR, que no son para nada “del pueblo” como las promocionan algunos, es la misma siempre.

Se utiliza para adelantar los intereses partidistas de quienes estén en el poder en determinado cuatrienio y ostentan, como consecuencia, el poder de decidir lo que se transmite al aire, cómo se transmite y, por supuesto, qué personas lo transmiten.

Sin lugar a dudas, WIPR también ha tenido, a través de su historia, artistas, técnicos, productores, directores y empresarios que se han desvivido por llevarle a la ciudadanía televisión de calidad, educativo, como era la misión de las emisoras cuando estaban adscritas al Departamento de Instrucción Pública primero y de Educación después.

Esa es la gente que ahora reclama, con razón, que no se privaticen unos talleres que han representado el sustento de tantos a través de los años y que han cumplido a cabalidad la misión de educar a la par que entretener a varias generaciones de puertorriqueños.

Pero el gobierno, cualquiera que sea el partido en el poder, solo ve en WIPR un negocio perdidoso que no vale la pena sostener para algo más que servirse de sus ondas para sus propios propósitos.

Ahora, cuando la Junta de Supervisión Fiscal saca cuentas y recomienda que se privatice, WIPR ni siquiera representa la posibilidad de convertir lo que queda en un buen botín.

Y es que la han degradado tanto, la han abandonado a su suerte con tanto desdén, que los interesados en adquirir las emisoras ofrecerán migajas que el gobierno seguramente estará dispuesto a aceptar y hasta celebrar como un gran logro.

WIPR es un microcosmos del país y según nos va como país, así le va a las emisoras públicas.

La quiebra de las finanzas públicas es el resultado de administraciones deficientes a las que solo se les ocurrió coger prestado, endeudar a los ciudadanos de a pie, para venderle al mundo la falacia de bienestar y progreso que nosotros también nos creímos durante décadas.

Y eso mismo es WIPR, como antes lo han sido otras empresas gubernamentales. Como lo fue el Banco Gubernamental de Fomento, nuestro banco central, al que acaban de liquidar, y como lo es ahora la Autoridad de Energía Eléctrica, un monopolio incapaz de competir con sí mismo.

WIPR se venderá, probablemente, por unos pocos pesos que servirán si acaso para seguir manteniendo a flote al elefante blanco en medio de la sala que es la inútil e incompetente Comisión Estatal de Elecciones, ese batatal del que se aprovechan los partidos políticos inscritos, los tres, año tras año del cuatrienio aunque no haya evento electoral alguno.

Y como epílogo a la venta a precio de liquidación, se perderá la poca programación educativa y de valores que los defensores de la buena radio y la buena televisión han intentado mantener a pesar de todo. No llegará una mejor televisión educativa, de calidad, ni una radio que supere las transmisiones actuales, sino más de lo mismo de la televisión comercial que nos entretiene sin aportar a la calidad de vida que merecemos.

La posible pérdida de WIPR es una tragedia, pero la culpa es multicolor.

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