Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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¿Y después del 30 de marzo, qué?

El 15 de marzo de 2020, la gobernadora Wanda Vázquez emitió una orden ejecutiva decretando el cierre de operaciones comerciales y un toque de queda general con vigencia hasta el 30 de marzo de 2020. La orden se emitió con el propósito de contener la propagación del COVID-19 en la isla.

Pero, ¿qué pasará luego del 30 de marzo de 2020? La interrogante es crucial, pues la enfermedad continúa en expansión y todavía no existen medicamentos que la curen o prevengan. En lo que respecta a Puerto Rico, por haberse retrasado el uso de las pruebas diagnósticas, no desarrollamos con la premura debida un cuadro preciso de la extensión del problema.

Es obvio, entonces, que cuando finalice marzo, la crisis no estará superada y la orden tendrá que prorrogarse. El problema es que ni Puerto Rico ni el mundo pueden continuar con un cierre indefinido de operaciones. Para producir los alimentos, productos y servicios que la sociedad necesita, hace falta seres humanos que los produzcan y, además, una enorme cadena de distribución que viabilice su llegada al consumidor. La interrelación que hace posible esta vida moderna puede detenerse parcial o periódicamente, pero no indefinidamente. De ser ese el caso, quedaríamos irremediablemente desprovistos de los elementos básicos para vivir de la manera en que nos hemos acostumbrado a vivir.

La dinámica actual es muy distinta de las sociedades previas que enfrentaron otras pandemias, la más severa en el año 1918. Si bien en la actualidad los adelantos científicos y tecnológicos permiten afrontar más efectivamente los contagios, en aquellos tiempos la inmensa mayoría de las sociedades eran inminentemente agrícolas, y aun las industrializadas tenían un enorme componente agrícola. Esto permitía que, en medio de cualquier aislamiento, gran parte de la población accediera a sus propios alimentos y asegurara su subsistencia. Hoy, esa no es la situación mundial y en el caso particular de Puerto Rico es peor porque nuestros suministros de alimentos provienen esencialmente del exterior.

Por consiguiente, en lo que se descubre algún remedio a la enfermedad miles de personas continuarán contagiándose y otras morirán. Eventualmente la enfermedad se detendrá porque, desgraciadamente, dispondrá de las personas menos capacitados para enfrentarla y porque el remanente de la población desarrollará la capacidad inmunológica para vencerla. Sin embargo, el costo social será enorme.

Lo definitivo es que nuestra manera de vivir cambiará. Los ciclos de enfermedades contagiosas se sucederán. El distanciamiento social se integrará como parte habitual de nuestro quehacer social. La comunicación electrónica se convertirá en la manera regular de desarrollar nuestras actividades personales, de trabajo y de negocios. Así, reduciremos al mínimo la necesidad de frecuentar lugares físicos para trabajar y comprar bienes, procurar servicios y hasta para votar. Eso alterará definitivamente las relaciones sociales, laborales, económicas y personales.

En vista de esta experiencia, en Puerto Rico se hace imperioso el rescate y revitalización del Departamento de Salud. Con el advenimiento de la llamada reforma, el Departamento de Salud abdicó, en la práctica, su responsabilidad de articular una política pública fuerte y efectiva en el área de salud, así como de su función de fiscalizar rigurosamente a todos los componentes involucrados en la prestación de servicios médicos y asegurar la operación efectiva de una infraestructura médica hospitalaria con personal capacitado y con el equipo moderno necesario para atender crisis como la que hoy enfrentamos. Esto se torna aún más imperioso ante la incapacidad manifiesta de los Estados Unidos para ejercer liderato político, económico, y tecnológico, y encabezar la lucha contra esta enfermedad.

También la agricultura, que desde finales de los años cuarenta del siglo pasado quedó convertida en el patito feo de nuestra actividad económica, cobra mayor importancia ante la necesidad de desarrollar una fuente local mínima de subsistencia alimentaria.

En fin, esta generación enfrenta la experiencia de las generaciones de nuestros abuelos y bisabuelos, las cuales vivieron en tiempos de inmensa precariedad y con amenazas continuas de todo tipo a su propia existencia. Ellas desarrollaron un espíritu fuerte, de trabajo arduo y con enorme perseverancia, que los llevó a sobrevivir y hacer un mundo mejor para sus descendientes. Ahora corresponde a esta nueva generación hacer lo propio, y al igual que nuestros antecesores, también los haremos.

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