Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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¿Y la "respondabilidad"?

En el verano de 2014, cuando todavía se disputaba la presidencia del Partido Nuevo Progresista (PNP) con Pedro Pierluisi, Ricardo Rosselló enfrentó unas embarazosas alegaciones de plagio. Había publicado en aquellos días un artículo titulado “Respondabilidad” en el que replicaba con estructura y palabras bastante parecidas ideas idénticas a las que había esbozado en 1999 la activista boliviana Lupe Andrade en un artículo publicado en su país, titulado “Respondabilidad y Democracia”.

La autora del artículo dijo que el plagio “era evidente”, lo cual Rosselló negó apasionadamente. Las alegaciones nunca pasaron de alegaciones, la controversia se desvaneció como humo en el aire y dos años y pico después Rosselló era el gobernador electo de todos los puertorriqueños. Y quizás para no volver a revolver aquel mal momento de su campaña, Rosselló no ha hablado jamás de las interesantes ideas que planteó en aquel artículo y que, independientemente de la polémica, de donde hubieran salido o cómo hayan sido escritas, le serían de gran ayuda ahora que tiene en sus manos las bridas de la sociedad puertorriqueña.

Veamos, pues.

En aquellos días de 2014 la vida le sonreía a Rosselló. Estaba en su salsa, pues para él Puerto Rico era una rata de laboratorio. Era una fórmula algebraica escrita en una pizarra que él, con el talento que le llevó a educarse en algunas de las mejores universidades de Estados Unidos, se proponía resolver. Se ponía bata blanca, gafas de seguridad, guantes de goma y examinaba al país con microscopio como lo hacía con las células madres en los laboratorios en que había ejercido como científico.

Lo examinaba, teorizaba, llegaba a conclusiones rotundas y escribía sus soluciones en columnas como la de la “respondabilidad”, que pretendía ser una manera creativa de traducir al español el vocablo anglo “accountability’, que es algo así como la responsabilidad que se le debe exigir a cada cual por los actos cometidos.

Nos aleccionaba entonces Rosselló en la ahora olvidada columna: “Excusas, mala administración, política pública errada, actos irresponsables y falta de transparencia son solo algunos de los efectos de la falta de respondabilidad. Debe quedar claro para el lector que esto nos afecta, pues destruye la credibilidad del gobierno porque éste no rinde cuentas sobre sus promesas, ni sobre los índices y las métricas actuales, y porque rehúye a su deber de asumir responsabilidad sobre cualquier debacle – echándole la culpa a los predecesores. Este decir, este gobierno no responde”.

Puerto Rico ya no es una rata de laboratorio para Rosselló. Ahora es un cuerpo vivo (agonizante, dirían algunos, sin que se les pueda culpar del todo), que suda, palpita, sangra, tiene vísceras y tripas sangrantes, sucias y espesas y puede llegar a apestar si no se le cuida como es. Rosselló ya no tiene bata de laboratorio, sino saco y corbata y ha tenido que meter las manos hasta las muñecas, y sin guantes protectores, en la viscosidad de las entrañas de este país complicado por los cuatro puntos cardinales que él intenta dirigir.

Ha encontrado más complicaciones de las que quizás imaginó o quería reconocer cuando nos ofrecía soluciones redondas y rotundas a todos los problemas habidos y por haber.

Lo de la “respondabilidad”, que bien mirado es algo que hace mucho necesitamos, evoca ahora la misma expresión que cuando nos mencionan, por ejemplo, un artista o película que cuando joven nos gustó mucho, pero del que ahora nos avergonzamos.

Sobran los ejemplos de la mucha falta que nos hace un poco de “respondabilidad”.

El más evidente de todos es el tema de los muertos a causa del huracán María, ese doloroso capítulo inconcluso que Puerto Rico carga en el medio del corazón. Puerto Rico ha quedado en ridículo a nivel mundial con la absurda versión de que solo 64 murieron a causa del huracán más destructivo que hemos vivido en nuestra historia.

Quiso cambiar después, pero el país vio, y recuerda, al secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, insistir de manera obcecada, refunfuñando, peleando en público con periodistas de aquí y de afuera, insistiendo en que todo fallecido al que no le había caído un árbol encima o se lo había llevado un río el 20 o el 21 de septiembre había tenido una muerte “natural”.

No ha habido hasta el momento ningún aguaje de Rosselló de pedirle “respondabilidad” a Pesquera por, al haber ignorado los protocolos federales que explican sin margen posible de interpretación distinta cómo es que se cuentan los muertos tras un desastre natural, haber puesto a Puerto Rico y a la administración de Rosselló en la penosa situación de parecer o tremendamente incompetente o, mucho peor, como que quería ocultar cadáveres.

El secretario de Salud, Rafael Rodríguez, no habla tanto como Pesquera. Habla mucho menos, de hecho.

Pero él, como responsable del Registro Demográfico, que negó la información sobre los decesos después de María a periodistas y académicos de aquí y de afuera hasta que al gobernador se le confrontó con esa negativa en una entrevista en la televisión estadounidense, tiene también su cuota de responsabilidad en este fiasco. Tampoco se ha visto intención del gobernador de exigirle “respondabilidad”.

En estos días, hubo también otro fiasco por el que parece que nadie vaya a responder. Fueron sacudidas las pesadas rabias del pueblo cuando se supo que Walter Higgins III, el director ejecutivo que la quebrada Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) contrató por $450,000 al año, lo cual se puede duplicar con bonos de productividad, reclutó a su vez a un asesor a $22,500 al mes o $370,000 al año, para las tareas que se supone que haga el propio Higgins con su muy generoso salario.

Cuando estalló es escándalo, desde la Fortaleza, se dio la orden de que se “revisara” dicho contrato, que es lo más que puede hacerse siendo la AEE una corporación pública y, en teoría, “autónoma”. Pero al par de horas, se supo que el mismo que pidió la “revisión”, el secretario de Estado, Luis Rivera Marín, quien en estos días funge como secretario interino de la Gobernación, había autorizado la contratación.

Aquí tampoco se ha visto ninguna intención de hacer que Rivera Marín responda por haber dado el visto bueno para que, en medio de la endiablada crisis que arropa al gobierno, se incurriera en una contratación tan tremendamente escandalosa.

Se googlea en el coco, o en el Google de verdad, y se encuentran muchas más instancias así: el país ve a gente bien cercana al gobernador fallando en cosas básicas, sin que nadie pague ni en apariencias. El gobernador da a menudo la impresión de que solo una crisis bien grande lo hace actuar.

Pasó, recordemos, con el caso de Whitefish, que le costó el puesto a Ricardo Ramos, aunque no por el fiasco, sino porque se había convertido en una “distracción”. Pasó también en el caso del chat: el gobernador estuvo paralizado hasta el demoledor informe del Departamento de Justicia, a pesar de las muchas señales de que venía algo grande.

Nadie ha dicho que gobernar sea fácil. Una colonia en quiebra, con un organismo no democrático encima como lo es la Junta de Supervisión Fiscal y con mil dependencias de gobierno politizadas e incompetentes, es menos fácil todavía. Pero, aún así, hay margen para demostrar control, como puede ser, por ejemplo, pidiendo “respondabilidad”.

Quizás a Rosselló lo único que necesita es oír las palabras de su propio escrito: “de cara a la transformación hacia un nuevo Puerto Rico, la respondabilidad será un criterio fundamental para sacar a la isla del atolladero y dirigirlo en la dirección correta. El poder para lograrlo está en nuestras manos”.

Esperamos, entonces.

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