Rosa Mercado

Buscapié

Por Rosa Mercado
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Yo, Luna

La autora me ha cedido el espacio de esta columna para que yo comparta mi perspectiva gatuna

Para empezar lo de la cuarentena para mí no es nuevo. Desde que llegué de Puerto Rico el año pasado no conozco más espacio que este apartamento y sus dos balcones.

Lógicamente, extraño el patio, cazar pajaritos, lagartijos, ratones y hacerle la vida de cuadritos al buenazo de Bobby, que ya está en el cielo de los perros.

Recuerdo que yo paseaba mi elegancia por la verja de cemento y él, del otro lado, se desvivía ladrando. Yo lo ignoraba olímpicamente.  Y ahora lo echo de menos. ¡Quien lo diría!

He escuchado que hay gatos que se quejan de que sus humanos estén todo el día en su casa.

Yo no. Mi humana está todo el día en mi casa, porque trabaja desde aquí para mantenernos a las dos. Y estoy acostumbrada a escucharla tecleando diez o doce horas diarias. Su presencia no me molesta. Al contrario. Más horas, más galletitas.

Es un ritual. Espero que vaya a la cocina, voy detrás de ella por interés y ella cree que es por ternura, se voltea a mirarme y dice: ¨Que linda, mi Luna, parece un perrito ¨.

Descarto la comparación.  Me enfoco en el premio:  la galletita. 

Entonces, actúo:  rozo mis hermosos tres colores en su pantalón de pijama, la miro con ojitos suplicantes y ella me da la galletita. 

Pero no todo es interés. A veces, cuando creo que necesita un descanso, me subo a su falda y me acomodo entre la laptop y ella. 

Últimamente la escucho suspirar y mirar desde lejos el parquecito al que no puede bajar hasta que culmine la cuarentena. 

Pero no pierde la alegría. Y canta a todo pulmón con Pirulo y la Tribu. Y a las ocho de la noche, sale al balcón a aplaudir y una lágrima le baja por las mejillas. Y yo me acerco. Y no es por la galletita


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