Gabriel J. López Arrieta

Tribuna Invitada

Por Gabriel J. López Arrieta
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Yo me quedo en “Pe eRre”

“Estoy ahí acostada, con el aire acondicionado”, dijo, “y pienso en mi mamá”.

Estas expresiones fueron hechas por Aurelys Alers Ortiz a Rick Rojas, reportero en The New York Times

Mientras leía el reportaje de Rojas, era muy difícil concentrarme porque podía sentir el dolor profundo que siente Aurelys al tener que irse de Puerto Rico -y más durante la época navideña, la cual nos aflora aún más nuestros sentimientos- de manera abrupta y no planificada, a causa de la devastación del huracán María. Además, por lo complejo que se ha tornado el volver a la normalidad en el país.

He querido compartir con ustedes esto porque en Puerto Rico, el que más o el que menos, tiene un familiar o amigo que ha tenido que emigrar hacia los Estados Unidos en busca de mejores oportunidades de empleo, salud, educación y seguridad.

Y si la separación de ese familiar y amigo querido es difícil por la decisión de irse del país, la cual de ordinario ha sido planificada por no menos de un año, imaginen lo difícil, y doloroso que es la separación cuando apenas se ha planificado y se ha tenido que tomar la decisión sin el convencimiento y la seguridad que conlleva.

Imagínense a los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos con desconocimiento total de la necesidad en recursos económicos, familiares y/o personas conocidas, desconociendo el lugar de estudios para sus hijos, sin tener claro las oportunidades de empleo, entre muchos aspectos más, los cuales son sumamente diversos y complejos según el estado donde decidió establecerse.

No hay duda de que esta decisión es altamente riesgosa y cuando se da como resultado de lo que vivimos en el país, tiene una probabilidad mayor de fracaso. No por la decisión de emigrar, sino por la falta de planificación que se requiere cuando se toma una decisión tan importante y transcendental en la vida de la persona y su entorno familiar.

Y, ¿quiénes se van?, pero más importante, ¿qué vamos hacer? Estas dos preguntas necesitan respuesta con urgencia. De acuerdo a las noticias publicadas, el demográfico que está emigrando de Puerto Rico es mayormente la fuerza trabajadora, o sea, el sector más productivo. Por consiguiente, los que tienen hijos emigran con una y dos generaciones adicionales.  Asimismo, el estudio Estimates of Post-Hurricane Maria Exodus from Puerto Rico, realizado por el Centro de Estudios Puertorriqueños del Hunter College de City University of New York, reporta que entre noviembre y diciembre de este año 2017 y el año 2019 estaríamos sufriendo la dramática e histórica salida de sobre 470,335 puertorriqueños.

Como podemos constatar, el éxodo, migración, exilio o como usted quiera llamarle, será tan enorme que no discriminará contra ningún puertorriqueño, mucho menos por su ideología política.  Estadistas, estadolibristas e independentistas se verán obligados a marcharse a Estados Unidos. 

Por otro lado, hay que ser muy cuidadosos cuando se lanzan críticas a los que se han tenido que ir porque nadie conoce la realidad de cada cual. Estoy seguro de que más del 90% de estos puertorriqueños no quiere irse, pero ante las circunstancias del momento no tiene otra opción. 

Sin embargo, para los que nos quedamos en Puerto Rico nuestro principal proyecto de país tiene que ser el mermar el éxodo masivo y traer de vuelta a los que se han convertido en diáspora por “obligación”. Lo podemos lograr desarrollando las herramientas necesarias para que resurjan las oportunidades de empleos bien remunerados, mejor educación y mayor seguridad, “virtudes” de las cuales nos jactábamos con todo el orgullo cuando décadas atrás nos comparábamos de tú a tú con el resto de los países del Caribe.

Estoy convencido de que algunos puertorriqueños tratarán de regresar y otros, por más que quieran, no podrán.  Es evidente que hay que insistir en que todos trabajemos de la mano, para que no nos quedemos sin país, o el país, no se quede sin nosotros.

Por eso y mucho más, yo me quedo en “Pe eRre”.

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