Wanda Betancourt

Tribuna Invitada

Por Wanda Betancourt
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“Yo no le hago relaciones públicas a nadie”

“Yo no le hago relaciones públicas a nadie”.

Esta frase, que muchos periodistas repiten, se ha convertido en el verdugo de nuestra profesión. Algunos la dicen refiriéndose al inicio de la práctica -mediados del siglo XIX- cuando imperaba el modelo de agente de prensa. Bajo éste, las relaciones públicas cumplían una función propagandística en la que no se dudaba en difundir información incompleta, distorsionada o poco veraz. El poder lo tenía el emisor y el objetivo era obtener cobertura favorable.

A principios del siglo XX la práctica evolucionó enfocada en el derecho del público a ser informado y abandonando la finalidad propagandística.  Fue un progreso, pero el emisor continuaba teniendo el poder sobre la información. Su mayor aporte fue el apego a la verdad, lo que eventualmente impactaría todos los códigos de ética de la profesión.

En el proceso de desarrollo de las relaciones públicas se integró la persuasión científica, las ciencias sociales y la teoría e investigación de actitudes y comportamientos. Fue entonces que comenzó la enseñanza en las universidades, reconociéndose que requería conocimiento especializado, y evolucionando de práctica a profesión. Actualmente, el uso responsable de ese conocimiento es parte integral de los códigos de ética.  

El rol de relacionista como intérprete de la filosofía, políticas y prácticas de sus clientes y como mediador entre las organizaciones y sus públicos, tiene como objetivos principales la comprensión mutua y el entendimiento. Así lo confirman los códigos de ética que instruyen a construir el entendimiento mutuo, credibilidad y relaciones entre diferentes grupos; a servir al interés público actuando responsablemente al representar clientes; y a proveer una voz en el mercado de las ideas, hechos y puntos de vista para ayudar al debate público informado.

Cuando algún periodista afirma que “no le hace relaciones públicas a nadie”, se refiere a que no participará en un esfuerzo de propaganda donde el debate informado no tiene lugar. Los relacionistas serios tampoco apoyan este tipo de práctica, pero no se adelanta la profesión martillando en la opinión pública la percepción de lo que no es. Por el contrario, se contribuye con su desarrollo generando espacios para la discusión profunda y responsable de la práctica que, desde el 2008, es regulada por ley.

Un entendimiento equivocado de la profesión es tan dañino como la práctica sin observar estándares éticos. Está en cada uno de nosotros evaluar bajo cuál modelo ofrecer servicios y qué tipo de clientes representar.

Los códigos de ética detallan las normas de conducta que indican cómo nos debemos comportar -y hay que seguirlos- pero son los valores los que nos guían al ponerlos en acción.

Después de más de un siglo de relaciones públicas modernas aún muchos no entienden la profesión. El desconocimiento nos hace más daño que un caso mal manejado, por mediático que sea. El análisis de casos es de mayor provecho en las aulas y foros profesionales. En lo que hay que trabajar en todos los medios es en erradicar los intentos de propaganda y el “yo no le hago relaciones públicas a nadie”.  

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