Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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“Yo soy la muerte”

“La muerte” pide a gritos una adaptación. Hablo, por supuesto, de la primera obra teatral de Emilio S. Belaval, estrenada en la época en la que el rector Jaime Benítez propagaba su “occidentalismo” y prohibía la enseñanza de Literatura Puertorriqueña en los cursos de la Universidad.

“La muerte” es —anacronismos aparte— nuestra mejor precuela de “El discreto encanto de la burguesía” de Luis Buñuel, a pesar de su mediterránea risa a mano armada. René Marqués llegó a decir que la fuerza de “La muerte” radicaba en que no había un personaje principal y, aunque Belaval rehuía de las convenciones del costumbrismo, es imposible negar que los personajes de “La muerte” estén más vivos que nunca, sobre todo en estos días de ferris secuestrados, bodas gubernamentales, construcción de hoteles, hambre lujosa, barcos a la deriva, atún resfriado, muertos sin féretro y navieras pleitesías.

La acción dramática tiene lugar en el vestíbulo del Hotel Las Sirenas de cara a un balneario mediterráneo, meses después de la Segunda Guerra Mundial. Administrado por Lucien Delibes y una quincena de empleados, el hotel atiende a ocho huéspedes de alta burguesía decadente: un conde italiano, un jesuita vasco, una excelencia europea, un millonario hispanoamericano junto a su hija, una solterona, un herido de guerra y un poeta existencialista. Lucien Delibes los atiende a todos bajo “el arte servitudinario” y escucha con atención las florituras guturales que Cósimo, el cocinero, confecciona para la celebración de una boda. Pero la rutina hospedera cambia cuando alguien anuncia que huéspedes y empleados han ingerido, días atrás, langosta envenenada, y apenas le quedan cinco días de vida.

El delirio se apodera de todos, sin duda, pero la lucidez mortuoria va poco a poco aflojando los brazaletes y las máscaras. Escena tras escena, la muerte va convirtiéndose en “un caracol que se escucha a sí mismo” y algunos aceptan la lógica fastuosa con franqueza; la vida vuelve a ser breve, pequeña y la metafísica un bocado amerengado. El eficiente Lucien Delibes contrata a una modista para que decore el lugar de acuerdo a la ocasión y a un director de orquesta para que amenice las últimas horas. El cocinero repasa los clásicos de la cocina buscando el plato ideal, el mesero discute la colocación de los platos y, en la escena quinta del segundo acto, llega el funerario Prometo Láper, quien sugiere inyecciones de color, cosméticos entonados, féretros labrados a mano y vestimentas cretenses para los cadáveres.

Cuando casi todos se han situado en sus respectivos féretros, se anuncia que todo ha sido una falsa alarma; que no van a morir, que la langosta no estaba envenenada. La resurrección les quita la narcosis esperanzadora que consiguieron a fuerza de marisco, y comienza una batalla campal y fantasmagórica: la modista reclama su pago, el director de orquesta también, el millonario es demandado por el sindicato —que festejaba su muerte— se anula el matrimonio, se cancela el banquete nupcial y Prometeo Láper exige a los recién vivos que se mueran para no echar a perder los féretros labrados a la medida.

No hay duda que “La muerte” pide una adaptación a gritos. Pero adaptar no es actualizar. Más allá de sustituir la langosta envenenada por el atún abombado que sirvió el Departamento de Educación, más allá de actualizar a Cósimo usando a uno de esos chef adictos a contratos de la Agencia Federal de Manejo de Emergencias o proponer que Prometeo Láper se convierta en una compañía de vagones aromatizados, sugiero una cuidadosa puesta en escena, lejos del facilismo teatrero. Mi única tentación —lo acepto— sería que en la escena final de la “La muerte” toquen esa canción de El Gran Combo que dice: “Yo soy la muerte, yo soy la muerte, la muerte soy".

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