Josué Montijo

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Por Josué Montijo
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Yo tengo ya la casita

Un legislador legisla. Obvio, para eso fue electo por sus constituyentes. Se le pagan un buen salario y varios beneficios marginales. De hecho, un legislador gana mucho más que un trabajador sujeto a la miseria del $7.25 por hora y a esos otros detalles contenidos en la reforma laboral aprobada precisamente por la mayoría legislativa.

Al legislador se le asigna una banca asegurada por cuatro años. Tiene una oficina en el Capitolio con secretaria y algún que otro empleado al que le da tareas según estime. Si preside alguna comisión particular de la Legislatura u ostenta un cargo mayor en su bancada partidista, se le otorga un diferencial monetario y un presupuesto aparte para manejar asuntos concernientes.

Todo eso costeado por fondos públicos. Dinero tuyo y mío. No está de más repetirlo, a veces perdemos la noción de quién paga todo el asunto.

Por supuesto, un legislador debe atender y/o gestionar cosas en beneficio de la población. Debe resolver problemas. Debe aportar a la construcción de un país cada vez mejor para todos. Digo, eso es lo deseado, ¿no? Entonces, cuando uno de esos legisladores se dispara un proyecto como el que pretendía despojar a los ancianos de sus casas para que puedan costearse los servicios necesarios uno debe preguntarse qué sentido tiene elegirlos y mantenerlos en sus puestos.

La idea es descabellada y carente de toda noción de lo que debe hacer el estado por sus ciudadanos, máxime cuando componen sectores sociales vulnerables. Es una muestra fehaciente de la incapacidad, del fracaso y la insensibilidad que reina en la clase política que se alterna el poder. Y aunque el proyecto fue retirado por su propulsor, no deja de ser terrible el hecho de que se le ocurrió, lo presentó formalmente y luego esgrimió la excusa del malentendido para zafarse.

Para este legislador la cosa se pinta muy sencilla: tu casa por tu salud, tu casa por los servicios primarios.


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