Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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¿Y si un tatuaje causara cáncer?

Soy producto de la post guerra mundial. Que conste que de la segunda, no la primera. Aunque mi padre no peleó en la guerra, él me recordaba jocosamente que era veterano de la Guerra Contra la Malaria. Como fruto de esa época, tengo muchos recuerdos, además de prejuicios que los más jóvenes no entenderán.

Recuerdo vívidamente cuando de los barcos descendían como cabros de monte las manadas de marineros sobre los muelles del Viejo San Juan para pasar un buen rato en el bar más cercano. Usualmente este era el legendario burdel de Toni Tursi. Con pocas excepciones, los marineros exhibían una diversidad de tatuajes que adornaban sus brazos con emblemas que me recordaban a Popeye el marino.

Cuando me criaba, tatuarse la piel era una cafrería. Ya no es así. Me imagino que habrán llegado a sus propias conclusiones acerca de mis prejuicios contra los tatuajes, que solo he logrado modificar al observar algunas amigas con tatuajes más finos que los de aquella época.

Las estadísticas indican que solo 15% de los “baby boomers” de mi época se han tatuado, y sospecho que muchos lo han hecho en tiempos recientes. Sin embargo, de la nueva generación de jóvenes llamados millennials, el 40% se ha tatuado. ¿Pero a qué viene todo esto? Es que ahora, para añadir leña al fuego de mis prejuicios, y para que me gusten menos los tatuajes, se ha levantado una sospecha que estos pueden aumentar el riesgo de cáncer, específicamente linfoma.

¿Cómo puede un simple tatuaje producir un linfoma? Cuando se aplica un tatuaje, no toda la tinta inyectada se queda en la piel. Parte se va a las glándulas linfáticas de las axilas o de la ingle, dependiendo de dónde se inyecte la tinta, y de ahí otra parte más pequeña se distribuye al torrente sanguíneo. Pero lo más importante es que ese tinte es capaz de producir una estimulación continua del sistema inmune y de las glándulas linfáticas, las cuales crecen en tamaño.

Se sabe ya por experiencia previa que la estimulación continua del sistema inmune puede desembocar en un linfoma. Un análisis reciente de estos tintes recién publicado en la revista Scientific Reports ha revelado que, además de los pigmentos, también contienen otros productos químicos, incluyendo níquel, cadmio, manganeso, cromo, cobalto y dióxido de titanio. Algunos de estos elementos, como el cromo y el níquel, se han reconocido como cancerígenos por varios años.

Se preguntará el lector como se ha permitido el uso de cancerígenos en los tatuajes. Pues la regulación gubernamental de los tatuajes se ha concentrado mayormente en velar y prevenir las infecciones. Pero resulta que ahora los efectos secundarios van mucho más allá de las infecciones.  La complicación más común son los granulomas, una reacción inmune benigna que puede producir engrandecimiento de las glándulas linfáticas. Hay cientos de casos de granulomas secundarios a tatuajes que han sido descritos en la literatura médica.

En una búsqueda rápida realizada para esta columna, encontré unos 20 artículos en los que se describen casos de pseudolinfomas y también de linfomas que se desarrollaron en la piel, precisamente en el mismo sitio de un tatuaje.

Para que quede más claro este punto, debo explicarles brevemente que los linfomas son tumores malignos que se originan de unas células llamadas linfocitos. Estos linfocitos están presentes esencialmente en todo el cuerpo, ya que ellos tienen la capacidad de transitar de un órgano a otro. Existen más de 50 tipos de linfomas, pero los dividimos en los “no-Hodgkin” (los más comunes) versus los “Hodgkin”.  También debe quedar claro que casi la mitad de los linfomas no-Hodgkin se pueden presentar en órganos como el estómago y la piel, por ejemplo, mientras que la mayoría se presentan como tumores de las glándulas linfáticas del cuerpo.

El primer caso de un linfoma atribuible a un tatuaje fue descrito en 1978 y ocurrió justo encima del tatuaje. En ese caso, al igual que en otros que le siguieron luego, fue fácil atribuirle el linfoma al tatuaje, pero ¿qué tal los casos donde el linfoma ocurre en áreas remotas al dibujo? Esos son más difíciles de comprobar y se necesitarán estudios epidemiológicos para poder hallar la relación.

Las infecciones son fáciles de atribuir a los tatuajes porque ocurren pocos días o semanas después de aplicárselos, pero los linfomas malignos pueden tardar muchos años en aparecer, ya que el proceso es uno lento que incluye numerosos pasos en su inducción. Un linfoma que ocurre en un sitio remoto al tatuaje, después de 15 años, es más difícil de achacárselo al tatuaje. Obviamente no a todas, ni tampoco a la mayoría de las personas tatuadas les dará cáncer. En este momento no hay suficientes datos para calcular el grado de riesgo. Para poder determinar científica y matemáticamente la probabilidad, y asignarle una cifra cuantitativa, será necesario la intervención de epidemiólogos. En este momento solo podemos concluir que los datos acumulados nos deben abrir bastante los ojos y generar un grado de inquietud.

Y a propósito, ¿a ustedes nunca les ha llamado la atención las protuberantes masas deformes de Popeye, precisamente donde tiene un tatuaje de un ancla en cada brazo? Busquen en Google una imagen de este curioso personaje y se asombrarán. Creo que pueden ser masas linfomatosas. Quién sabe si Popeye fue la primera víctima, mucho antes del caso de 1978.

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