Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Zurdos y derechos

Esta columna no es sobre béisbol, o diestros y siniestros, aunque sí trata de cómo los puertorriqueños usamos la recta de humo para confundir, muchas veces exagerando, o la curva demagógica para buscar simpatía, de paso ponchándonos en el fracaso. Nuestros lanzamientos favoritos son la exageración y el sentimentalismo autocompasivo.

Ha pasado casi un año desde el paso del huracán María y el noventa y cinco por ciento de los servicios eléctricos se ha restaurado. A causa del otro cinco por ciento de la gente que sigue a oscuras, un “ente multisectorial” es capaz de hacer un reclamo ante la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas por “la violación sistemática de los derechos humanos en el país”. No tener luz es un atentado contra nuestra más básica humanidad. De no tener una restauración al cien por ciento somos víctimas irredentas del Estado. En febrero solo el ochenta y dos por ciento de los comercios que sirven la Asistencia Nutricional (PAN) funcionaban para el despacho de alimentos. Otra buena razón para reclamar violación de los derechos humanos más básicos y pedirle socorro a las Naciones Unidas, que además de estar enteradas de que en Yemen muere un niño cada cinco minutos, también tiene que enterarse de la barbarie de que muchos de nuestros estudiantes de escuela pública no tendrán sus planteles a la vuelta de la esquina. Los puertorriqueños, como los argentinos ?según Borges? siempre reclamamos “room service”, como veremos en el próximo párrafo, o, por lo menos, si nos violan el derecho a tener la escuelita en la misma manzana donde vivimos, que nos garanticen servicio de guaguas escolares cacheteado al Departamento de Educación y el gobierno federal.

Se dice que Puerto Rico tiene mayor desigualdad social y económica que el invisible Lesoto ?¿finalmente lo encontraron en Google Map?? aunque, hablando de “room service”, nos encontramos que la tan victimizada diáspora post María aún permanece, mucha de ella, en hoteles de la Florida, la estadía pagada por titi Fema. Mientras que los niños emigrantes que huyen de la Nicaragua de Ortega y El Salvador siguen enjaulados en la frontera con U.S.A., bajo la autocracia y demagogia del trumpismo, los puertorriqueños de nuestra diáspora a la Florida reclaman la extensión de sus derechos hoteleros, hasta que se les consiga una vivienda digna, humana. ¡Aquí hay otra violación de los más elementales derechos humanos! Nuestra raza es diestra en las artes de la manita extendida: Puerto Rico es la jurisdicción con el mayor número de fraudes perpetrados contra el Seguro Social por incapacidad, muy específicamente en la región de Caguas. Pero seguimos entregados al sentimentalismo autocompasivo o, como piensa nuestra izquierda, se trata de una reivindicación histórica y justiciera contra el Imperialismo yanqui, que nos ha sojuzgado y que ahora supervisa nuestra manirrota chequera.

Mientras la izquierda puertorriqueña pondera y apoya estas reivindicaciones de derechos humanos, en Nicaragua el gobierno de Daniel Ortega y sus paramilitares han asesinado a más de cuatrocientos ciudadanos, muchos de ellos jóvenes escolares y universitarios, que claman no por una escuela cercana sino por una verdadera democracia. Nuestra izquierda cataloga a las víctimas de la más radical violación de los derechos humanos ?el derecho a la vida? como turbas fascistas al servicio del Imperialismo yanqui. Mientras, en Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro se enfrenta a una verdadera crisis alimentaria ?el sesenta por ciento de los venezolanos se acuesta con hambre?, ello a causa de su disfuncional manejo de uno de los países con mayor riqueza petrolera del mundo. El gobierno de Maduro es incapaz de frenar la corrupción, la inflación y encontrar una solución que no sea un gobierno autocrático validado por unas urnas fraudulentas.

Ambos dictadores han sido respaldados, para tristeza de muchos, por Rubén Berríos y el Partido Independentista Puertorriqueño. Siempre he admirado a Rubén Berríos; convertirse en amanuense, confidente o vocal substituto de Ortega en la CEPAL, lo mismo que respaldar a Maduro, degrada una honrosa trayectoria política de grandes sacrificios, muchas derrotas y algunas resonantes victorias, como en Vieques y Culebra.

Para reivindicación de la mujer ante una izquierda que ha sido históricamente machista, nuestra izquierda está en manos de dos mujeres, la primera Carmen Yulín Cruz, que con su grito a la pasionaria ?¡Nos estamos muriendo!? cautivó la imaginación y el entusiasmo de la izquierda liberal y progresista del Partido Demócrata. Ahora le toca a ella explicarnos cómo las “fuerzas soberanistas” de su Partido Popular Democrático pueden liberar al Estado Libre Asociado de la cláusula territorial y abolir la humillante Junta de Supervisión Fiscal.

Para las tristezas, cuitas y luchas de la diáspora histórica, la de los niuyores, tenemos a Alexandria Ocasio-Cortez, casi segura nueva representante a la Cámara de Representantes por el Distrito 14 de Nueva York, quien está a la izquierda de Bernie Sanders, defensora como es de un Estado Benefactor “agrandado”, con Medicare Universal, educación universitaria gratis, la abolición del sistema selectivo de inmigración. Ambas son problemas para sus respectivos partidos, el Demócrata y el Partido Popular Democrático, tan dados a tomar más por la Calle del Medio que por el callejón de la Amargura.

Lo que sí resulta incontrovertible es que nuestra izquierda es autocrática en Latinoamérica y por acá, en el pasaje “uptown-downtown” de nuestra relación colonial, casi perfectamente asimilada a la política estadounidense. Ciertamente es un desarrollo novedoso, impredecible hace una década, lo mismo que adjudicarle a nuestra ciudadanía de segunda clase el sambenito de ser no una violación de derechos políticos sino de los derechos humanos más elementales, como la que ocurre en Gaza y las tierras palestinas, en Myanmar o Siria.

Las exageraciones demagógicas siempre terminan desmereciendo la causa.

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