Irene Garzón Fernández

De primera mano

Por Irene Garzón Fernández
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Tania, Jerón y los demás

Hace muchísimos años, tantos que la historia parece un cuento, la recién inaugurada industria televisiva puertorriqueña quiso halagar al entonces secretario de Estado, Roberto Sánchez Vilella, y le envió un flamante televisor a su casa.

Cuando regresó esa noche de su oficina, Sánchez Vilella preguntó de dónde había salido aquel aparato y, tan pronto supo que era un regalo, lo hizo devolver.

Era tan honesto que, cuando fue a cerrar su oficina de exgobernador muchos años después, devolvió a lo que se conoce ahora como la Oficina de Gerencia y Presupuesto hasta el material de escritorio que no había usado.

Nadie en Presupuesto—la agencia que maneja todo lo relativo a las oficinas de los exgobernadores— supo qué hacer con aquello, pero don Roberto solo sabía que ese material se había pagado con fondos públicos y, por lo tanto, no podía quedárselo.

Eran otros tiempos. Como aquel día de saludo protocolar en La Fortaleza en el que el entonces gobernador Luis Muñoz Marín se asomó por una ventana y vio llegar a palacio a un alcalde popular de un pueblo de la montaña en un lujoso automóvil negro.

Muñoz aprovechó el momento para advertirle al alcalde que debía irse a entregar aquel carrazo y regresar en un yip, un vehículo más apropiado para un alcalde de la montaña.

A lo largo de los años tienen que haber ocurrido muchos momentos en los que políticos y funcionarios honestos se negaron a hacer favores políticos, usualmente del tipo económico, a cambio de prebendas.

Lo vergonzoso es que las buenas prácticas se ven desde unos años para acá opacadas por actos burdos de corrupción, siendo el más común de todos, la otorgación de puestos y contratos a familiares, correligionarios y amigos.

Se ha entronizado de tal modo la corrupción en Puerto Rico que hace escasos cuatro meses el pueblo, harto de lo que ocurría, se tiró a la calle y exigió la renuncia de Ricardo Rosselló Nevares a la gobernación.

Rosselló Nevares se fue y se llevó consigo a varios amigos con los que compartía en un vergonzoso chat de la red de mensajería Telegram.

Pero no se fueron todos los que tenían que irse con él, como demuestra la dimisión de Tania Vázquez a la dirección del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales por manejos que están bajo la lupa de los federales.

Vázquez renunció en medio de sus vacaciones, pero el superintendente del Capitolio, José Jerón Muñiz Lasalle, involucrado en el mismo esquema, sigue en su puesto, protegido por los presidentes legislativos Carlos “Johnny” Méndez y Thomas Rivera Schatz.

Son días aciagos en los que nos enteramos de que las dos hijas de la gobernadora Wanda Vázquez tienen cargos y/o contratos gubernamentales, igual que el hijo de la secretaria de la Gobernación, Zoé Laboy, que labora en la Oficina de Servicios Legislativos.

Y pensar que la misma gente puso el grito en el cielo por el caso del hijo de la exsenadora penepé Norma Burgos en la Comisión Estatal de Elecciones, mientras ella se desempeñaba como comisionada electoral de su partido.

Los contratos de servicios profesionales en el gobierno representan millones de dólares anuales, una sangría innecesaria de fondos públicos en un país quebrado y con una deuda de cerca de $130,000 millones si incluimos a los sistemas de retiro.

Y no son solo los azules los que incurren en la práctica deshonesta de favorecer allegados con jugosos contratos o cargos públicos. Bajo los gobiernos populares también ocurre porque la corrupción no es exclusividad de unos u otros, aunque pueda ser más o menos burda según lo permisivo que sea el ocupante de turno en La Fortaleza.

Habría que contarles a los niños en las escuelas sobre aquella ética inflexible de muchos líderes de la segunda parte del siglo pasado. De figuras como Sánchez y Muñoz, y también como don Luis A. Ferré, que no cobraba sueldo y que instituyó el bono de Navidad para los empleados públicos que ahora peligra.

Tantas figuras ejemplares que hemos tenido y ahora únicamente conocemos a los corruptos... y eso solo si los atrapan.

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