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Acción y solidaridad boricua en las Bahamas

La naturaleza ha vuelto a manifestarse con toda su fuerza en nuestro entorno caribeño, devastando las islas Ábaco, en las Bahamas, y forzando su desalojo total. Y una vez más, el corazón del puertorriqueño se ha visto impulsado a la acción, para acudir en ayuda de estos hermanos en su hora más crítica.

Se trata de un momento histórico. Nunca este archipiélago, situado a apenas 283 millas de la Florida, había sido azotado con tal furia por un ciclón. Pasó de ser un paraíso turístico a un lugar inhabitable en cuestión de horas. Aún no se han podido cuantificar los daños totales, pero se habla, hasta el momento, de más de 40 muertos, unas 5,500 personas desaparecidas y miles de millones en pérdidas.

La desesperación, la frustración y la incertidumbre absoluta en cuanto al futuro inmediato han hecho presa de cientos y tal vez miles de refugiados que probablemente lo perdieron todo.

Ante tales circunstancias, una de las mejores cualidades que nos distinguen como pueblo —la generosidad que conduce a la solidaridad— se ha activado inmediatamente. La ayuda humanitaria no se ha hecho esperar, y un avión con 6,000 libras de artículos de primera necesidad aterrizó el sábado en el aeropuerto de la capital bahameña que, afortunadamente, pudo continuar operando. Varios vuelos adicionales desde San Juan han sido proyectados para estos días.

De esta forma, Puerto Rico toma la batuta en la tarea urgente de ayudar a sus vecinos, los mismos que, en otras circunstancias, nos extenderían su mano fraternal en nuestro momento de necesidad. El Caribe es uno solo, por más que puedan separarnos algunas diferencias. Nos unen raíces muy profundas, históricas, culturales y climatológicas —todos vivimos bajo la amenaza potencial de un ciclón—, y a ellas también respondemos en estas situaciones de crisis.

Esta es una experiencia que aquí conocemos muy bien. Como consecuencia de ello, los suministros de ayuda enviados incluyen no solo alimentos, agua y combustible, sino también generadores eléctricos, baterías, sierras, toldos y linternas. Con Irma y María aprendimos cuánto se necesitan esos productos en estas circunstancias. No hay razón alguna para no compartir lo que sabemos, lo que puede ser útil a otros y, de paso, comunicarles algo de nuestra probada resiliencia post-huracanes.

Tenemos también una larga trayectoria de ayuda a nuestros hermanos de otras tierras que han sufrido desastres naturales, sean estos huracanes o terremotos. No somos ricos, pero sabemos dar de lo que tenemos. Contamos además para ello con la capacidad organizativa que hemos adquirido.

Así, es menester reconocer que en el esfuerzo de ayuda se han integrado de manera espontánea entidades diversas: individuos, empresas privadas, asociaciones profesionales, organizaciones sin fines de lucro y grupos religiosos, entre otros, todos convocados por un solo propósito: contribuir a la pronta recuperación de las Bahamas y hasta a la supervivencia misma de los que pudieron capear el temporal y que hoy no tienen nada.

El cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad que llegó y literalmente está derribándonos la puerta. A medida que continúe el calentamiento del planeta, las temperaturas de los océanos serán con mayor frecuencia caldo de cultivo para huracanes poderosos.

Entre las cualidades que necesariamente deberemos mantener para responder adecuadamente a ese nuevo panorama, la conciencia y la solidaridad figuran como dos de las principales. Nos corresponde extender la mano amiga, aquí y fuera de nuestras costas, siempre que sea necesario. Así lo estamos haciendo hoy.

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