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Ante Irma, nada más importante que la vida

Los puertorriqueños vamos a vivir a partir de hoy un nuevo episodio de nuestra larga y complicada historia con los huracanes, ese voraz fenómeno que es parte de la experiencia de vivir en estas cálidas latitudes, cuyas visitas incluyen desde el primero reportado en 1515, hasta los más recientemente recordados, Hugo en 1989 y Georges en 1998, pasando por incontables “falsas alarmas”.

Nos toca ahora lidiar con Irma, descrito por los expertos como el más potente jamás registrado en la zona del Caribe, que pasará al norte, pero peligrosamente cerca de nuestra isla, a partir de la tarde de hoy.

Las inquietantes características de este fenómeno y los augurios de los expertos y de las autoridades nos obligan a tomar con total seriedad esta amenaza y hacer acopio de la experiencia que hemos adquirido en nuestra brega de toda la vida con huracanes.

Primero lo primero y esto es que no se puede escatimar en preparativos y precauciones.

Si bien Irma, al parecer, no va a tocar tierra en Puerto Rico, una de sus bandas arroparía prácticamente la totalidad de la isla, por lo que podemos esperar vientos de gran intensidad y torrenciales aguaceros. Las lluvias, como hemos visto demasiadas veces, suelen ser un problema más grave aquí que los mismos vientos, por la gran cantidad de comunidades en zonas inundables o cerca de ríos o propensas a derrumbes que hay en la isla.

Por lo tanto, es indispensable que se sigan las instrucciones de las autoridades. No vale la pena tomar riesgos. Ninguna propiedad material es más importante que la vida misma. Nadie debe pensar que está más seguro en una casa frágil o ubicada en una zona inundable o propicia a derrumbes, que en un refugio de los cientos que han sido habilitados por las autoridades o con algún familiar o amigo.

Aprendamos de los muchos eventos del pasado: demasiadas tragedias se habrían evitado solo tomando las precauciones recomendadas. En esta mañana en que Irma se acerca con toda su furia, estamos todavía a tiempo para hacernos a nosotros mismos y a nuestros seres amados el favor de movernos a una zona segura.

Pasado el fenómeno, vienen quizás las pruebas más difíciles.

Irma nos llega en un momento particularmente vulnerable, con la infraestructura de la isla, especialmente la eléctrica, en muy mal estado. Necesitaremos paciencia, civismo y desprendimiento para aguardar por la recuperación y para cooperar con la reconstrucción en lo que esté a nuestro alcance, como sería, por ejemplo, dar la mano en la limpieza de caminos bloqueados, cuando sea seguro y prudente, por supuesto.

Después de la tormenta, igual, es que nos enteramos qué familiar, vecino, compañero de trabajo o de iglesia, necesita de nuestra ayuda.

En esto, los puertorriqueños no necesitamos mucha dirección. La solidaridad y la compasión son características nuestras que nos salen naturales, sobre todo en momentos de grandes retos como en las resacas de tormentas. Lo hemos visto antes y no nos queda la menor duda de que, como tantas otras veces, cuando Irma se haya ido ahí estaremos los puertorriqueños, como siempre, cuidándonos unos a otros y dándonos la mano para echar a andar a nuestra amada isla otra vez.

Si se vive en el trópico, nada evitará que ocasionalmente tengamos que atravesar la amarga experiencia de un huracán. Lo que sí está en nuestro poder evitar son tragedias innecesarias y esto lo logramos preparándonos, protegiéndonos, siguiendo las instrucciones de las autoridades y ayudando al que lo necesite.

El día después, cuando ya no haya tormenta, nuestro fulgurante sol de siempre nos guiará en la tarea de, mano a mano y hombro a hombro, colaborar en volver a levantar a nuestra amada isla.

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