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Aplauso para el legado universal de Alicia Alonso

Más allá de sus dotes únicas para la danza, el gran legado de la prima ballerina assoluta, Alicia Alonso, fue vislumbrar, desde muy joven, el alcance de la cultura para unir a los pueblos, en especial el suyo, y la apuesta a un futuro que podría resumirse así: todo el que tenga el talento para hacer arte, merece la oportunidad.

La famosa bailarina, fallecida en La Habana a los 98 años, nunca permitió que su fama y su gloria se interpusieran en lo que consideraba que era su misión principal en la vida: luchar por una gran escuela de ballet donde pudiera transmitir, hasta lo posible, el legado de su sabiduría, basado en la técnica y la experiencia.

Escogió vivir en la isla caribeña que la vio nacer, Cuba, rechazando las propuestas de las grandes urbes donde la reclamaban constantemente, como Nueva York, lugar donde inició su carrera en obras musicales, para más tarde, en un salto definitivo, unirse al American Ballet Theatre, donde su nombre figura como una de las fundadoras.

El hecho de que también fuese la primera bailarina del hemisferio occidental en presentarse en los históricos teatros de la entonces Unión Soviética, todos ellos escenario de legendarias hazañas del ballet clásico, cimentó una leyenda que se entrecruzaba a ratos con la polémica política.

Nada de eso la amilanó o debilitó sus convicciones.

Alicia Alonso se mantuvo firme en priorizar su pasión por la continuidad; esforzándose para que su huella se prolongara en nuevas cepas de geniales bailarines que hoy brillan no solo en el Ballet Nacional de Cuba, sino que han pasado a formar parte de compañías prestigiosas del mundo entero.

Respetada y hasta temida por la férrea disciplina que imponía a sus discípulos, a la larga la mayoría de ellos comprendió que solo con el trabajo cotidiano, concebido como un apostolado, se consiguen éxitos en el ballet, un arte que requiere de una gran concentración y esfuerzo físico.

Fiel amiga de Puerto Rico, llegó a reclutar e invitar en varias ocasiones a bailarines puertorriqueños para que participaran en funciones del Ballet Nacional de Cuba. Al promover el ballet clásico por las Antillas, lo hacía en el convencimiento de que los caribeños tienen un talento innato para conectar la música y el movimiento, y así lo expresó en varias ocasiones.

Posó para el maestro Francisco Rodón, en un encuentro de “dos grandes”, que dio lugar a una fructífera serie de obras de arte, y cuyo retrato principal, sin duda, fue el que mejor captó la comunión de la excelsa bailarina con el rol más importante de su carrera, que fue “Gisselle”.

Esta mujer irrepetible, estoica, que supo imponerse a la peor adversidad que puede haber para una bailarina —salir a los escenarios privada de la visión—, hubiera celebrado la semana próxima los 71 años de la fundación del ballet que al principio llevaba su nombre, Ballet Alicia Alonso, y que luego se constituiría en el Ballet Nacional de Cuba.

Ayer,cuando se celebraron sus exequias en Cuba, Alicia Alonso no solo era despedida por decenas de miles de sus compatriotas, sino que pasaba a la inmortalidad junto a figuras de la talla de Anna Pavlova, Margot Fonteyn o Maya Plisétskaya.

El orgullo de haberla tenido entre nosotros varias veces, y el tesón con que defendió su cultura —que es también la nuestra— es motivo suficiente para despedirla con un largo y conmovido aplauso.

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