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Avance esperanzador por la paz en Colombia

La llegada del papa Francisco a suelo colombiano, en calidad de promotor de los esfuerzos hacia la paz y la reconciliación, tiene en esta coyuntura un alto significado por el respaldo que su visita representa a los diálogos que adelantan el gobierno y la guerrilla. Sus palabras, centradas en el poder del perdón para lograr “el sueño grande de la paz”, calan poderosamente, sobre todo al recalcar a jóvenes y niños a “no tener miedo al futuro”.

El cese de hostilidades de 102 días de duración pactado con la guerrilla, aunque temporero, representa un avance pues el ELN es el grupo armado más activo que queda en Colombia tras el desarme de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Aquel primer acuerdo de las FALN con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos, logrado hace cinco años en La Habana, Cuba, facilitó la transformación reciente del frente armado en un partido político llamado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común y su inserción en la actividad democrática como una opción en las próximas elecciones presidenciales.

El ELN, que nació como grupo insurgente en 1964 casi al mismo tiempo que las FARC y está formado por cerca de 2,000 combatientes, accedió a reducir “la intensidad del conflicto armado” a partir del primero de octubre próximo. Su reto mayor es hacer valer la palabra empeñada pues dentro del grupo hay unidades que no reconocen estos esfuerzos y desde junio pasado han protagonizado acciones ilegales.

El hecho de que la iglesia católica, junto con las Naciones Unidas y representantes del gobierno y la guerrilla, se hayan comprometido a velar por el cumplimiento del acuerdo envía, no obstante, renovadas señales de esperanza.

Esperamos que la visita del papa Francisco estimule el espíritu de reconciliación entre el altamente polarizado pueblo colombiano, que por demasiado tiempo ha sido rehén de la violencia política. El viaje apostólico a Bogotá, Medellín, Cartagena de Indias y Villavicencio servirá, además, para recalcar ante el mundo la necesidad de perseverar en las conversaciones hasta que se logre la paz duradera para el país y su gente.

Los términos en el Acuerdo de Quito, ciudad donde se llevaron a cabo las negociaciones, dan una idea de la situación humanitaria que el gobierno y la guerrilla pretenden aliviar.

Entre estos, el cese de secuestros, de nacionales y extranjeros, así como de la instalación de minas antipersonales, que dejarían de trastocar la integridad y la seguridad de personas usualmente indefensas e indiferentes a los postulados de las guerrillas. Desistir asimismo del incomprensible reclutamiento de menores dará a niños y jóvenes nuevas oportunidades de formación y crecimiento en actividades más a tono con su edad. En tercer lugar, la suspensión de hostilidades contra la población civil y los ataques contra la infraestructura, como los oleoductos, daría un respiro a comunidades que han sufrido las consecuencias de una guerra interna de 53 años.

El gobierno, por su parte, se compromete a poner en vigor un plan humanitario para mejorar las condiciones de salud y seguridad de los guerrilleros encarcelados. Garantizó al ELN que cesará toda de acción militar contra el grupo y que investigará y tomará medidas para evitar el asesinato de líderes sociales.

Hay que reconocer la determinación del presidente Santos para insistir en diálogos que pongan punto final a lo que con toda razón llamó “un conflicto absurdo”. Su tesón y paciencia han sido claves para los avances habidos hacia un futuro sin enfrentamientos armados, y este acuerdo con la segunda guerrilla más grande del país, el cual se prolonga hasta enero de 2018, es uno de ellos.

Haber llegado a entendidos mutuos en relativamente corto tiempo, pues Santos es el séptimo presidente que intenta un acuerdo, le da fuerza a la afirmación del jefe negociador del ELN, Pablo Beltrán, de que “sí podemos cambiar”. Su deseo expreso de que haya “más confianza” en el proceso muestra la intención del grupo guerrillero de seguir dialogando.

La renovación de los entendidos y el avance en las negociaciones sobre los puntos que restan por discutir, para lograr un acuerdo permanente necesita de esta voluntad. Colombia necesita y merece una paz estable y duradera, como debe ser.

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