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Cumbre en Singapur abre un espacio de diálogo

Aunque se anticipaba que no aportaría acuerdos sorpresivos, la reunión entre el presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un inicia un escenario que abona a la continuidad de las negociaciones. Aquietar la escalada de confrontación que por años ha inquietado a la comunidad internacional es de por sí un logro.

Este es el saldo que surge de la información trascendida públicamente hasta el momento, mediante las declaraciones vertidas por Kim Jong-un y Donald Trump por separado, además del acuerdo que firmaron ambos, en representación de sus respectivos países. Ese acuerdo se suma al importante documento de paz que ya habían firmado Corea del Norte y Corea del Sur, el pasado abril.

Ahora bien, no hay que descartar que lo conversado en el encuentro que el líder estadounidense y el norcoreano sostuvieron a solas durante una hora, con la excepción de la presencia de sus respectivos traductores, tenga mucho significado. De ello hablará el transcurso del tiempo.

De momento, es importante que Corea del Norte haya prometido continuar con el desmantelamiento de todas sus instalaciones nucleares. Igual lo es que el presidente Trump haya asegurado que los Estados Unidos harán un alto en las maniobras militares conjuntas que tradicionalmente han realizado con Corea del Sur en los alrededores de la península. “Dejar el pasado atrás” es el mantra que de un lado y otro ha definido este momento histórico.

Se trató de una reunión, en lo aparente distendida, en la que ambos protagonistas, poco dados a las sutilezas de la diplomacia, se esforzaron por no causar más daño dentro del entorno asiático, ya bastante lacerado a consecuencia de las tensiones comerciales y arancelarias surgidas últimamente entre Estados Unidos y China.

En esa misma línea, Trump acababa de poner su inconfundible sello en otra cumbre, la de los poderosos países del G7, celebrada unas horas antes en Canadá. Además de las reacciones exaltadas que tuvo en ese encuentro —y las andanadas dirigidas al anfitrión y primer ministro canadiense, Justin Trudeau—, ocurrió lo inesperado: Estados Unidos retiraba su adhesión a la declaración final. Esto causó una enorme incomodidad entre sus aliados.

El serio incidente coloca a los países miembros de cara a un posible un cisma. La estela que el presidente Trump ha dejado en el G7, de enfrentamiento abierto, hizo que la canciller alemana, Angela Mérkel, calificara de “deprimente” su actitud.

La reunión del G7 se produjo meses después de otras decisiones de política exterior del mandatario americano que también han causado controversia internacional. Estas incluyen el rompimiento, en mayo pasado, del pacto nuclear con Irán que realizó la Administración Obama.

Otro fue el tono del encuentro en Singapur. En una reunión tan esperada y trabajada, cualquier altercado probablemente hubiera tenido una connotación grave y hubiera marcado otro retroceso de años.

Más allá de las consideraciones políticas, hay una cuestión de sensibilidad humana, que es la que atañe al pueblo norcoreano, más de 25 millones de personas que han sufrido el peso del aislamiento, la represión y las privaciones económicas, incluyendo hambrunas. Luego de 68 años de división política y tensión fronteriza, tanto los del norte como los del sur merecen la reunificación familiar.

El pueblo estadounidense, por su parte, también necesita que los soldados muertos en la guerra regresen definitivamente a descansar en su patria, devolución que han prometido las autoridades militares coreanas.

Es la parte que, salvando todas las diferencias geopolíticas y estratégicas, toca el alma de los pueblos, y alimenta las esperanzas de vivir en paz.

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