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El chat: espejo de la desilusión del pueblo puertorriqueño

Enterado del contenido de un chat secreto administrado por el inquilino de La Fortaleza, el pueblo de Puerto Rico se ha desbordado en las calles para expresar que le retiró la confianza, no solo a Ricardo Rosselló, sino también a la institución de gobierno.

La magnitud de la reacción al golpe que el chat les propinó a distintos sectores poblacionales no sorprende por la crudeza e insensibilidad de los comentarios de quienes más están desautorizados moral, política y humanamente a hacerlos.

Pero las demostraciones de un pueblo que ha echado a un lado los colores para hermanarse en la indignación tienen un origen más profundo que el mismo doloroso chat. Este también catalizó la expresión masiva de cansancios y frustraciones acumulados. Con sus manifestaciones, el pueblo ha denunciado la indiferencia, la negligencia y la corrupción que le privan de servicios y calidad de vida, y condenan a sus hijos al éxodo.

El chat irritó más la herida abierta de un país que sigue sufriendo la devastación del ciclón María, la pésima respuesta gubernamental local y federal y la lentitud de los trabajos de recuperación que aún tiene a 20,000 hogares sin techo. Al denunciar el chat, nuestra gente llora las cerca de 3,000 muertes asociadas al manejo ineficiente de la emergencia. Y repudia la negación de tan alta mortandad.

El chat confronta al pueblo con el desempleo, la falta de oportunidades y de esperanzas de cambio que lo empuja a emigrar hacia circunstancias también adversas. Le confirma que nuestro gobierno sigue secuestrado por la partidocracia.

Firmes, los puertorriqueños se manifiestan, en lo inmediato, para exigir al gobernador desprendimiento y a los legisladores la solución a la crisis de gobernanza que desestabiliza al país.

Sin embargo, resolver la gobernabilidad inmediata es solo una parte del desafío. El reto mayor es lograr que el país esté por encima de agendas particulares y partidistas para aglutinar la voluntad que atienda los problemas graves.

Nuestro pueblo conoce las múltiples ramificaciones de la violencia institucional tanto como la social. También la pobreza, la desigualdad, el machismo, la homofobia y la burla. El chat le recuerda todo eso.

Quiere sentirse seguro en su hogar y las calles. Mujeres y niños piden auxilio ante las distintas modalidades de agresión que les cuesta equidad, seguridad y vidas. El 60% de la población vive sometida a la injusticia de la pobreza. Le insulta saber que, mientras clama por servicios de salud y educación de calidad, gente cercana a la administración pudo haber desviado $15.5 millones, según las últimas acusaciones federales por corrupción.

La gente protesta contra la insensibilidad de quienes insisten en poner primero el beneficio propio y el cálculo electoral. Por la paz social y el bienestar colectivo, quienes gobiernan tienen la obligación constitucional y moral de encaminar la solución a la presente crisis sin más dilaciones. Prolongar la inestabilidad en el gobierno ahonda la herida de nuestra gente. Afecta los servicios y el estado anímico general, e incide en la productividad.

Desde los diversos sectores empresariales se advierte que darle largas al problema tiene un potencial nefasto para el país. Se alteran los ingresos de familias, comercios y la imagen de estabilidad necesaria para la inversión. Economistas advierten que aún se está a tiempo para recuperar las pérdidas económicas, siempre que la crisis se resuelva con prontitud.

Es preciso que la clase política escuche el reclamo de sus ciudadanos de una gobernanza digna, pulcra y sensible a sus necesidades. Asimismo, con desprendimiento, queda emplazada a poner fin a la crisis de gobernabilidad que tiene en jaque la estabilidad de Puerto Rico. La pronta acción permitirá crear las condiciones para acometer la agenda de país que nuestra gente reclama.

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