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El Congreso federal debe proteger los “Dreamers”

En una decisión cuyo racional nadie ha podido explicar con claridad, el presidente estadounidense Donald Trump ordenó el pasado martes la suspensión del programa Acción Diferida Para Llegadas Durante la Niñez (DACA, por sus siglas en ingles), que protege de ser deportados a cerca de 800,000 jóvenes indocumentados que fueron llevados a ese país cuando eran menores de edad.

El presidente Trump, no obstante, dio seis meses adicionales de vida al programa antes de que quede definitivamente sin efecto. Es indispensable, pues, que el Congreso aproveche este periodo para proteger a estos jóvenes, conocidos como “Dreamers”, del cruel desenlace de ser devueltos a países de los que salieron cuando no tenían oportunidad de oponerse, que apenas conocen y cuyo idioma en muchísimos casos ni siquiera hablan.Hasta marzo de este año, en Puerto Rico vivían 1,405 “Dreamers”, según la revista Governing, que cubre asuntos de los gobiernos estatales y municipales de Estados Unidos. Este no es un tema, por lo tanto, del que aquí debamos desentendernos.

Luego de años de intentos fracasados por establecer un sistema migratorio coherente, en el verano de 2012 el entonces presidente Barack Obama creó DACA mediante orden ejecutiva. DACA estableció un sistema mediante el cual indocumentados de menos de 31 años, que pudieran probar que habían llegado a Estados Unidos con menos de 16 años y que vivieran en ese país ininterrumpidamente al menos desde 2007, podían registrarse para evitar ser deportados y recibir permisos para trabajar, estudiar y unirse a las Fuerzas Armadas.

El permiso tiene que ser renovado cada dos años.

De los 800,000 “Dreamers”, el 90% tiene empleo, según una encuesta del Centro Para el Progreso Americano, que estima que el producto nacional bruto de Estados Unidos podría sufrir una pérdida de $460,000 millones en los próximos diez años si todos son deportados. El 72% de los “Dreamers” está en la universidad. Han abundado en estos días historias de “Dreamers” uniéndose a los esfuerzos de recuperación en la ciudad de Houston, devastada por el huracán Harvey, entre otras valiosas contribuciones a la sociedad.

Ningún “Dreamer” tiene récord criminal. De hecho, si tienen récord criminal no cualifican para el programa. Se estima que el programa cobija al 78% de los indocumentados que fueron llevados a Estados Unidos siendo niños.

La mayoría vive en California, Texas, Nueva York, Illinois y Florida, pero hay “Dreamers” aportando al desarrollo de la sociedad en todos los estados y territorios de Estados Unidos. La mayoría es de origen mexicano, pero también los hay cuyos padres vinieron de El Salvador, Guatemala, Honduras, Perú, República Dominicana y Filipinas, entre otros países.

A todas luces, se trata de un sector de la población productivo, valioso y responsable, que no ha hecho nada que le haga merecedor de esta medida de obvios tintes xenófobos. Los “Dreamers” son precisamente el tipo de ciudadano comprometido y trabajador que todo país aspira a tener y resulta incomprensible el ensañamiento con estos jóvenes que revela esta medida impulsada por el presidente Trump con el entusiasta apoyo del secretario de Justicia, Jeff Sessions.

Es insólito sobre todo porque se trata de jóvenes que no escogieron ser indocumentados, que crecieron en Estados Unidos y que se sienten y son americanos. Muchos de ellos, de hecho, ni sabían que eran indocumentados hasta que, ya adultos, fueron a sacar una licencia de conducir, matricularse en una universidad o solicitar un empleo.

En el clima anti-hispano y anti-inmigrante que reina en Estados Unidos de unos años hacia acá, y que ha sido exacerbado irresponsablemente por el presidente Trump, puede que a muchos se les haya olvidado que a ese país lo crearon y lo enaltecieron inmigrantes. Lo crearon y lo hicieron grande inmigrantes como los “Dreamers”, que han demostrado con su vida que solo quieren trabajar, educarse y contribuir al país que con todo derecho saben suyo.

Le toca al Congreso recompensar su esfuerzo y salvarlos de un cruel desenlace que indudablemente no merecen.

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