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El hambre es retrato del rezago social y económico

La inseguridad alimentaria sufrida por un sector amplio de nuestra población debe mover a Puerto Rico a procurar soluciones abarcadoras para este serio problema social vinculado directamente al estancamiento económico.

En alianza con diversos componentes del sector privado, el gobierno debe crear una infraestructura para la inversión que fomente el despunte de la economía en sus distintas vertientes. Una de las áreas que requiere atención prioritaria es la producción de alimentos, con el correspondiente apoyo a la agricultura. Este sector podría beneficiarse de las nuevas herramientas tecnológicas cónsonas con la innovación en la producción.

La pobre calidad de vida de vecindarios marginados y que sufren insuficiencias básicas como en la alimentación, hace imperioso incentivar el establecimiento o el fortalecimiento de industrias creadoras de los empleos necesarios para fomentar buena nutrición y salud.

Un informe del Instituto de Estadísticas de Puerto Rico de 2015 refleja que el 33.2% de nuestra población adulta sufre inseguridad alimentaria. El documento, basado en datos recopilados por el Departamento de Salud, destaca que un 21.7% de la muestra de 5,405 personas admitió que durante los pasados 12 meses con frecuencia limitó sus raciones de alimentación o no pudo consumir una de las tres comidas del día.

Los indicadores del estudio, citado por El Nuevo Día, reafirman la necesidad de aumentar proyectos de autogestión que eleven los ingresos familiares de zonas empobrecidas, a fin de que logren una nutrición balanceada.

Al presente, 712,471 familias en Puerto Rico reciben ayuda del gobierno de Estados Unidos para alimentarse. Los fondos del Programa de Asistencia Nutricional, administrados por el Departamento de la Familia, impactan a 1.3 millones de personas. El promedio de aportación por beneficiario es de $189 mensuales.

Esas familias forman parte de la mitad de la población de la isla que está bajo los niveles de pobreza. Esta circunstancia coloca en alta vulnerabilidad a los mayores de 60 años, e impacta de forma especialmente negativa a niños y jóvenes. Sociólogos afirman que muchos menores matriculados en escuelas públicas consumen su única ración diaria de alimentos calientes en el comedor escolar. Mientras, cientos de universitarios sin dinero suficiente para subsistir en la zona metropolitana acuden regularmente a entidades religiosas que obsequian modestas porciones de comida caliente.

Más allá de las gestiones de beneficencia apoyadas por el voluntarismo y el compromiso de entidades comunitarias o iglesias que donan alimentos a los más necesitados, Puerto Rico tiene que trascender la mitigación y moverse a la acción estimulando la creación de empleos. Las iniciativas deben incluir proyectos de autogestión e iniciativas vanguardistas a gran escala que multipliquen la productividad de la población y, por ende, la economía isleña.

Existen encomiables proyectos agrícolas ecológicos encabezados principalmente por jóvenes. Además de producir alimentos orgánicos o frutos con técnicas hidropónicas, estos aseguran sana alimentación en las comunidades y venden sus mercancías aportando a la economía.

Para avanzar en el reto, la educación que exalte nuestro potencial humano desde las fases tempranas será complemento imprescindible. La enseñanza postsecundaria, por su parte, debe integrar en sus currículos disciplinas novedosas que respondan a las necesidades de un país que reclama transformación. Deben atraer a jóvenes y adultos mayores que requieren entrenamiento en nuevas áreas del conocimiento de vanguardia, incluida la agrícola.

La zapata para el despunte de la creación de empleos de la isla conlleva, además de equilibrio presupuestario, un andamiaje sencillo y ágil que respalde la actividad de negocios.

Todas estas acciones constituyen semillas para el cambio necesario para erradicar la pobreza, y así, la inseguridad alimentaria. En ese camino urge extirpar el conformismo y la resignación que frenan el actuar con propósito y determinación.

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