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El presidente es insensible con las muertes del ciclón

La paciencia ante la habitual retórica despectiva del inquilino de la Casa Blanca tiene un límite. Donald Trump cruza la raya de lo que Puerto Rico y la humanidad entera pueden aceptar, cuando intenta politizar la dolorosa secuela del huracán María.

Basta ya, señor presidente. Pedimos respeto a la memoria de las casi 3,000 personas que perdieron la vida por la errática y deficiente respuesta de los gobiernos local y federal. La tragedia no puede politizarse ni la verdad ocultarse.

Los datos están ahí, en los mismos certificados de defunción divulgados —tarde— por el propio gobierno de Puerto Rico. Investigadores de cuatro universidades estadounidenses han validado que las muertes aquí pasaron de mil. Y que superaban por mucho la cifra anunciada cuando el presidente visitó la isla el año pasado. Aquel 3 de octubre, Trump proclamaba el éxito de los operativos de emergencia basado en la cifra de muertes que el gobierno reconocía entonces: 16. Pero desde antes de llegar, el presidente rechazaba como falsedades las descripciones de lo que nuestro país vivía.

Según el estudio del Milken Institute, de George Washington University, entre septiembre y octubre hubo un promedio de 1,271 muertes más que las habituales. El cálculo es indicativo de que, para cuando Trump estuvo aquí, pudo haber un promedio de más de 300 muertos. La resistencia prolongada del gobierno local a divulgar datos sobre las fatalidades abonó a que los estimados sean tergiversados ahora por el propio presidente.

No obstante, tanto la Agencia Federal para el Manejo de Desastres (FEMA), como la Oficina del Contralor de Estados Unidos (GAO) han reconocido la cadena de acciones y omisiones que desembocaron en que el desastre fuera tan funesto. En sendos informes, las agencias reiteran desfases como retos de logística que complicaron los esfuerzos o la poca preparación para enfrentar el evento. Las cajas de agua acumuladas en Ceiba son la evidencia más reciente de las deficiencias.

También el informe Milken —comisionado por el gobierno de Puerto Rico— añade, entre otras fallas, que la falta de intervención de las autoridades sanitarias para proteger la salud pública expuso a los ciudadanos a más fatalidades. Acentuó, además, que las condiciones de pobreza elevaron las muertes.

Así es que, bien por investigaciones o bien por admisión, hay causas y consecuencias adjudicadas. Ahora, como entonces, el señalamiento de culpas entre gobiernos estatal y federal desvía atenciones y energías necesarias para la reconstrucción. Alimentan la demagogia de quien está llamado a liderar las reformas que eviten la pérdida de más vidas en una emergencia.

Nadie puede refutar la tragedia de Puerto Rico. Nadie tiene autoridad alguna para burlarse del dolor de los miles de familias que aún lloran a sus seres queridos. Ese recuerdo de lo que ocurrió antes, durante y después del huracán María sigue vivo en la memoria y en el corazón de cada puertorriqueño.Es una heridafresca, que se lastima y profundiza cada vez que la restriegan para adelantar agendas.

Puerto Rico necesita y merece que se le permita comenzar su proceso de sanación. El estudio Milken, así como otros investigadores, apuntan a que se pueden indagar las causas específicas de cada muerte asociada al huracán. Lograrlo evitaría la manipulación a conveniencia de los estimados estipulados. Y proveería información que salve vidas.

Mientras, lejos de ser cuestionados, los hallazgos contenidos en los informes asociados a los operativos de gobierno en torno al huracán María y su terrible resultado son carta de navegación, para ambos gobiernos, hacia la preparación y la resiliencia.

Los comentarios desafortunados del presidente de Estados Unidos ofenden la memoria de los cerca de 3,000 ciudadanos que murieron y la dignidad de quienes día a día se esfuerzan por mover al país adelante. Pero son incapaces de distorsionar el recuerdo o los hechos. Mucho menos alcanzarán a derrotar el espíritu estoico del pueblo puertorriqueño.

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