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Enseñanzas en la tragedia de la catedral parisina

Aun aquellos que hasta el martes pasado ni siquiera habían oído hablar de la Catedral de Notre-Dame, en París, hoy tienen la certeza de que algo muy grave y significativo conmovió al mundo, y que el incendio cuyas imágenes coparon los distintos medios fue un evento histórico que deja huellas y marcará a generaciones.

El día que ardió Notre-Dame, al inicio de la Semana Santa, pasa a la historia de Europa y de la humanidad como una muestra de la vulnerabilidad de monumentos o leyendas que creíamos imbatibles.

Los primeros que jamás pensaron que ese “epicentro de la vida” —como le llamó el presidente francés, Emmanuel Macron—, podría resultar dañado por lo que se cree fue un accidente, fueron los propios franceses, quienes daban por sentado que Notre-Dame, que marca el kilómetro cero de la ciudad de París, era un referente heroico, cultural y religioso, que sobreviviría sin problemas en el tiempo.

El primer pensamiento de millones que siguieron en vivo la deflagración es lo frágil que puede llegar a ser, no solo una estructura construida por el ser humano, sino cualquier otro lugar de incalculable valor como lo es un paraje natural, una playa o un sistema de cuevas. Cualquier otro regalo de la naturaleza del que disfrutamos a diario puede esfumarse en un abrir y cerrar de ojos.

De ahí la importancia de proteger, como pueblo, nuestros recursos naturales; los archivos que cuentan nuestra historia; los símbolos de la cultura representados por las artes plásticas, la música, las expresiones artísticas que han perdurado por su profundidad y su manera de reflejar el paso del tiempo.

En Puerto Rico se han perdido grandes obras arquitectónicas, y no precisamente por incendios, sino por la especulación inmobiliaria. Otras estructuras, testimonio de épocas en que se construía nuestra identidad, también se han perdido, o languidecen abandonadas por la falta de una política pública de conservación.

La Catedral de Notre-Dame también ha sido clave imprescindible en la construcción de la identidad francesa. Durante más de 800 años, sus paredes han visto discurrir episodios de todo tipo: solemnes, luctuosos, festivos, de resquebrajamiento patrio, como en los tiempos de la ocupación nazi, y en todos esos eventos ha sido referente moral y visual de los franceses, que no conciben el paisaje sin la silueta de sus torres y estatuas.

En la hora de su mayor desventura, el pasado 15 de abril, millones de personas alrededor del mundo evocaban una visita a la Catedral, o las láminas que habían visto en revistas y libros.

La mayoría de los jóvenes podía recordar el misterioso edificio donde se ocultaba aquel Quasimodo de la película de Disney, que tiene más de veinte años. Aunque la monumental obra de Víctor Hugo, “El jorobado de Nuestra Señora” volverá a tener otra versión de Disney para los más chicos, que se espera que estrene el año próximo. Esa versión, seguramente, va a contener un guiño de solidaridad con el desastre sufrido. Los más pequeños, también, deben familiarizarse con las grandes tragedias de la humanidad y desarrollar la empatía con la belleza universal.

Preguntado, en cierta ocasión, sobre qué sacaría de su casa en llamas, si le fuera permitido llevarse una sola cosa, el gran poeta y cinesta francés, Jean Cocteau, respondió: “Me llevaría el fuego”.

En sentido figurado, el pueblo francés también ha escogido llevarse el fuego. La voluntad de culminar las obras de reconstrucción de Notre-Dame en los próximos cinco años, como ha prometido el presidente Macron, es parte de un consenso que va por encima de líneas partidistas y desencuentros ideológicos. Que trasciende las grandes o pequeñas batallas diarias, y que consolida el vínculo de generaciones a las que el azar, por fortuna, ha dado una nueva oportunidad.

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