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Errado rumbo presidencial que arriesga la democracia

Tras reaccionar tarde y desacertadamente a los actos de barbarie cometidos por neonazis y supremacistas blancos la semana pasada en Charlottesville, Virginia, el presidente Donald Trump ha entrado en una espiral de descalificaciones y violencia verbal que abre pasadas cicatrices y pone a Estados Unidos al borde de un peligroso abismo moral.

No se puede pasar por alto que el silencio presidencial inicial y sus posteriores tibias críticas a los grupos de odio no son dignas del jefe político y militar de la nación más poderosa del planeta que se presenta como referente de la democracia. El presidente ha ido sustituyendo su discurso ambiguo de los primeros días por una retórica de tácita defensa de las posiciones más retrógradas. Esto cubre de vergüenza, no solo a Estados Unidos, sino al resto del mundo.

Su falta de sensibilidad política en este caso solo ha quedado superada por la actitud despótica con la que ha tratado a consejeros y detractores, irritando al mundo empresarial. Incluso ha llevado a los gestores de las redes sociales a modificar las vías de entrada a sus dominios, introduciendo filtros para evitar que se propaguen expresiones de odio y llamados a la violencia.

En el ámbito de los derechos humanos y en detrimento de los avances de décadas recientes, empieza a perfilarse la realidad de un antes y un después a partir de la tragedia de Charlottesville. Tragedia en dos dimensiones: por un lado, la muerte de tres personas -la joven Heather Heyer, en la manifestación, y dos policías estatales, en un accidente cuando se dirigían al lugar de los hechos; por otro lado, por el retroceso moral que se respira y la interrogante principal: ¿cuáles serán las réplicas de este evento nefasto y cuánto del furor racista tendremos que soportar en lo sucesivo?

Nadie puede anticipar si esta gran andanada extremista, llevada a cabo en el corazón de Virginia, es un tanteo para acciones futuras. Por eso, desde el primer momento, el presidente Trump ha debido desautorizar con firmeza a los grupos de odio sin buscar paliativos. La “gente buena” no odia, rechaza, amenaza o instiga a la violencia contra sus semejantes. Ese grupo de organizaciones donde confluyen teorías e instintos tan macabros como los del Ku Klux Klan, el antisemitismo y la segregación (esta última personificada por el general Robert E. Lee, cuya estatua fue la excusa para el ataque en Charlottesville), operan en función del desprecio a otros seres humanos.

El presidente Trump desperdició la oportunidad de dar una lección categórica contra la violencia y de demostrarle al mundo que su airada campaña presidencial, plagada de comentarios racistas y discriminatorios, no lo compromete con los serios brotes neonazis y las publicaciones cada vez más incendiarias que proliferan en su entorno.

Sería faltar a la verdad decir que la semilla de la tensión racial y el extremismo de los grupos más conservadores se habían erradicado en Estados Unidos en el cuatrieniopasado. Por el contrario, la presente década ha estado jalonada por tragedias racistas.

Lo que sí ha aportado el advenimiento del presidente Trump es una suerte de “exaltación” de los prejuicios, con proliferación de ataques verbales o físicos a integrantes de las minorías étnicas o raciales.

Por eso, aún está a tiempo de rectificar y asegurarle al pueblo estadounidense y al mundo que su administración reprimirá cualquier expresión de orientación discriminatoria y violenta. Su condescendencia con los atroces actos de la semana pasada y su discurso intimidatorio implican condenar a los Estados Unidos al oscurantismo que asoma por el horizonte y que es urgente disipar.

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