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Estados Unidos ante una enorme prueba salubrista

Uno de cada cinco estadounidenses está en aislamiento social tras la orden de los gobiernos de California y Nueva York de poner alto a los servicios no esenciales. El dato dramatiza la grave emergencia que Estados Unidos ha reconocido ante los estragos mundiales causados por la propagación de la nueva cepa de coronavirus.

Acasi tres meses de descubrirse el COVID-19 y su alto nivel de contagio, el gobierno federal ha decidido cerrar sus fronteras con Canadá y México. Mientras, mantiene la veda de vuelos provenientes de Europa y China, entre otros países.

Las medidas responden a la preocupante escalada de casos detectados. El descontrol de casos se asocia, en parte, al reconocimiento tardío de la amenaza por parte de las autoridades políticas federales.

Al cierre de esta edición, Estados Unidos había alcanzado más de 15,000 casos, de los cuales más de 7,000 se concentran en Nueva York. El número de muertes en la nación sobrepasó ayer los 200. En California, el gobierno proyectaba que el 56% de sus 40 millones de habitantes contraerá el virus.

Florida, donde, como en Nueva York, habita una amplia comunidad de puertorriqueños, contaba más de 500 casos. Nuestra sensibilidad abraza también a los hermanos de la patria extendida. Sabemos que, para los puertorriqueños en la diáspora, enfrentar esta emergencia lejos de sus familiares aumenta la tensión y la nostalgia. Habituados al contacto físico y familiar propio de los latinos, este periodo nos obliga a redimensionar las expresiones de afecto y gratitud. Pero es imprescindible aferrarse a la disciplina de permanecer en el hogar, como la mejor alternativa para protegerse y proteger a otros.

Estas medidas son más apremiantes ahora ante la lentitud que hasta recientemente se había observado en torno al suministro de las pruebas de detección del virus a la comunidad salubrista. Puerto Rico no ha estado exento de estas complicaciones. Hasta la fecha, el gobierno ha realizado un centenar de pruebas, entre las cuales ya se han identificado 14 positivos, desde el primer caso informado el 13 de marzo.

El gobernador neoyorquino Andrew Cuomo informó que se han tomado medidas para liberar entre el 25% y el 35% de las camas de hospitales. Se estima que el rápido ascenso de casos confirmados adelantará la presión sobre la capacidad hospitalaria en el estado.

Estados Unidos y el resto de las Américas deben mirarse en el espejo de Italia, que, pese a ser el primer país en prohibir los vuelos de China, y con menos población, tiene la mayor cantidad de víctimas fatales de COVID-19 en el mundo. Se estima que la explosión de contagios en ese país pudo deberse a la subestimación de un caso que no fue tratado como sospechoso porque no había vínculos claros del hombre con la potencia asiática.

En esta coyuntura, le corresponde a Estados Unidos asumir el liderazgo del que ha sido referente mundial durante décadas. Hasta el momento, las medidas preventivas han recaído sobre los gobiernos estatales, con diferentes niveles de proactividad. Cuanto antes se uniformen las acciones para mitigar la propagación del virus, mayores oportunidades habrá de contener la pandemia.

Debe asumirse esta emergencia con la misma y necesaria atención con la que demócratas y republicanos han podido ponerse de acuerdo en aprobar un meritorio paquete de ayuda financiera para paliar los efectos económicos en trabajadores e industrias.

Las instituciones públicas y privadas, así como cada uno de los ciudadanos, tienen el deber de priorizar la vida. Este llamado aplica también a las generaciones más jóvenes que deben protegerse por igual, en beneficio propio y de los mayores.

Bien lo ha dicho este viernes el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom: “El COVID-19 está absorbiendo demasiado de nosotros. Pero también nos está dando algo especial: la oportunidad de unirnos como una sola humanidad, de trabajar juntos, de aprender juntos y de crecer juntos”.

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