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Es tiempo de responder a la nueva generación

Apenas cruzan el umbral de los 20 años, pero la generación más joven conoce muy bien de los problemas apremiantes, vitales para la sobrevivencia humana; no porque lo aprendieron sino porque los han vivido. Y no están dispuestos a esperar por soluciones que no llegan.

Es hora de hacerle espacio a la llamada generación Z, que sabe y actúa. Estudian, se adiestran, hacen labor voluntaria y ayudan a educar a pequeños y a mayores. Su rostro más conocido en el último año es la activista sueca Greta Thunberg, pero Puerto Rico tiene muchos como ella. Muchos de estos jóvenes priorizan la acción cívica sobre el entretenimiento, convencidos de que no pueden esperar a ser líderes del futuro pues tienen que serlo ya.

Provienen de escuelas públicas, de colegios privados o tuvieron como aula su hogar. Desde esos espacios, lo mismo que desde organizaciones sin fines de lucro, han sido parte de - o creado - plataformas para concienciar, en particular, sobre los riesgos que supone el cambio climático.

Para ellos, el cambio climático es presente riesgoso y futuro incierto. Pero también saben que puede ser distinto y mejor. Por eso intervienen.

Han vivido o han visto de cerca los estragos de la pobreza, que arropa a más de la mitad de ellos. Han padecido la ineficiencia de un gobierno secuestrado por fanatismos, incapaz de proveer una educación de calidad, que refleje la realidad en que viven, que los rete y los inspire. Saben que parte del país y del planeta que heredan responde en buena medida a la pasividad conformista de generaciones previas. Con su acción, aspiran a desperezar una sociedad que corre contra el reloj.

Desde sus distintas plataformas, estos jóvenes impulsan respuestas afirmativas para la seguridad alimentaria. Practican estilos de vida, de producción y consumo responsables y solidarios. Cultivan y enseñan a crear huertos escolares o comunitarios, a reciclar, a reducir la huella ambiental. Promueven la implementación de políticas energéticas basadas en fuentes renovables, la preservación de los recursos naturales y la planificación ordenada. Y buscan carreras que les permitan trabajar por esas soluciones o diseñar nuevas para los retos que las generaciones previas les están dejando.

A lo largo de toda la isla, estas voces jóvenes abogan por la inclusión y la justicia social. Han sido testigos del valor de la unidad y la autogestión comunitaria, sobre todo en el momento más crítico para la isla.

Para añadir esperanzas, esta generación de jóvenes está mayormente formada fuera de líneas partidistas. Y se abren paso como fuerza unificadora. Reclaman que se les escuche, no con la tolerancia de quien consiente, sino con el respeto con que se atiende a quien tiene razón. Prestemos oído.

Con ellos la clase política tiene el reto de ponerse a la altura de transformarse o ceder el paso. Reclaman un gobierno responsivo y honesto, al punto de protagonizar la sacudida más significativa experimentada por gobierno alguno en décadas. Saben, porque crecieron al ritmo de múltiples crisis, quiénes las provocaron y por qué. Están diciendo basta ya. Se reconocen como la generación del “yo no me dejo”.

No se dejarán y es hora de respaldarlos sacando del medio obstáculos para que participen de las decisiones y para que desarrollen sus propuestas. Es hora, también, de aprender de ellos y poner el conocimiento de las generaciones previas en función de sus proyectos.

Después de todo, se están haciendo cargo desde ahora, antes de que sus problemas se agraven. Reclaman que se les respete el derecho a incidir en el golpe de timón que conduzca a mejores condiciones para vivir y disfrutar. Permitamos que puedan dejar a sus nietos un mundo mejor del que heredaron.

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