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Freno total al abuso contra la niñez y juventud

Con la contundente sentencia de hasta 174 años por abuso sexual impuesta al exmédico del equipo de gimnasia olímpica estadounidense, Lawrence Nassar, el sistema de justicia se alzó sobre otras instituciones sociales de los Estados Unidos en la defensa de la dignidad del ser humano y la protección de la niñez y la juventud.

La condena emitida por la jueza Rosemarie Aquilina en el segundo juicio por delitos sexuales contra Nassar constituyó un reconocimiento de la gravedad de los actos perpetrados contra un sinfín de niñas y jóvenes atletas. Es una contundente declaración sobre sus graves consecuencias. Sobre todo, debe asumirse como una invitación a las personas abusadas a vencer el miedo, romper el silencio y denunciar a estos monstruos.

Según pasan los días, la cantidad de víctimas aumenta: la contabilidad más reciente las coloca en 265. De ese total, hay 65 jóvenes dispuestas a testificar contra el terapeuta en el tercer juicio por delitos sexuales que este enfrenta en Michigan.

El protagonista de esta historia de horror no es tan solo Nassar. Él tiene ante sí dos merecidas condenas. La primera es por posesión de pornografía infantil. Otro problema gravísimo radica en las instituciones llamadas a proteger a la niñez y la juventud y a generar para todos sus atletas ambientes saludables y de respeto.

Según los testimonios de muchas jóvenes, los organismos universitarios y deportivos incurrieron en un patrón de encubrimiento. Una atleta tras otra señaló que tanto entrenadores, asistentes deportivos y otras figuras de autoridad en la Federación de Gimnasia desoyeron las quejas sobre la conducta impropia del doctor. Así, las fechorías de Nassar se prolongaron por más de veinte años. Entre sus víctimas hay niñas de seis años.

A raíz de las denuncias públicas, renunciaron el director y varios integrantes de la junta del USA Gymnastics, el órgano rector de la gimnasia olímpica en Estados Unidos. La rectora de la Universidad Estatal de Michigan, Lou Anna K. Simon, también presentó su dimisión debido a cuestionamientos en torno a su manejo del escándalo. Nassar pasó décadas como integrante del cuerpo docente de la Universidad y fungió como médico del equipo olímpico de gimnasia estadounidense.

El Comité Olímpico de Estados Unidos anunció que abrirá una investigación independiente, en ánimo de esclarecer cómo un abuso de esta magnitud pudo pasar desapercibido por tanto tiempo.

El caso sienta un importante precedente. Debe, por un lado, enseñar que ninguna actividad deportiva o de otra índole puede estar por encima del ser humano. Es claro que la dignidad humana está cobijada por la Constitución, pero es constantemente relegada a un segundo plano ante la prioridad que se le da a la competencia, el afán de medallas y los auspicios millonarios.

Los lugares de trabajo han adoptado medidas contra el acoso y el abuso sexual. Muchas acciones legales incoadas al amparo de leyes laborales han convencido, por la fuerza de los costos de las indemnizaciones, sobre la necesidad de crear entornos de respeto.

La impermisibilidad de estas conductas se tiene que extender a otras instituciones que, como se ha visto aquí, han fallado en generar ambientes donde no haya que callar el abuso.

La medallista de oro Aly Raisman incluyó en su testimonio contra Nassar una denuncia a las asociaciones de gimnasia y el comité olímpico estadounidense por no haber actuado antes. “Imagínate sentir que no tienes poder ni voz”, declaró. “Pues, ¿sabes qué, Larry? Yo ya tengo poder y voz y apenas estoy empezando a usarlos”. Son palabras iluminadoras.

El destape en los Estados Unidos de casos como este, y las estrellas de Hollywood que han denunciado los abusos a los que fueron sometidas, han abierto un portal que tiene que permanecer abierto. Los recientes precedentes iluminan el oscuro callejón donde por demasiado tiempo ha reinado la impunidad del abuso. Les dan fuerza a las víctimas para que proclamen “nunca más”.

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