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Grave alza en los casos de explotación de menores

La confirmación oficial de que los referidos de explotación sexual de menores han aumentado en Puerto Rico debe hacer sonar las alarmas de todos los sectores de la sociedad para mantenerse alertas a las señales de peligro que envían nuestros niños.

La explotación sexual es una de las más infames modalidades del abuso de menores porque lacera su fibra más íntima. Como esta, cualquier modalidad de maltrato contra niños y adolescentes requiere atención y denuncia.

Según la Oficina de Investigaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, Puerto Rico tiene una alta incidencia de crímenes sexuales contra menores. Lo que es peor: los referidos relacionados a esos delitos repudiables se han cuadruplicado en el último año.

Solo este año, hasta agosto, las autoridades recibieron 1,638 referidos. En comparación, el año anterior, hasta septiembre, hubo 341. En 14 años, hasta 2017, 339 sujetos fueron detenidos por producción de pornografía infantil o transportar a un menor de edad con la intención de inducirlo a conducta sexual ilegal. Todos los días, según la agencia citada, se reciben nuevas querellas.

La explotación sexual en la isla es una realidad que está más a la vista de lo que se reconoce. Según datos del gobierno federal, Puerto Rico es fuente, puente y destino de la trata humana. El abuso sexual de menores es una de sus formas comunes. Datos oficiales revelan que cada tres minutos un menor es víctima de explotación sexual en Estados Unidos. Estudios locales indican que niños y adolescentes son prostituidos y usados para el turismo sexual, así como para pornografía infantil, entre otras fechorías.

Ante un escenario tan sombrío, asoma como un destello de luz que los referidos son emitidos, no solo por agencias de gobierno, sino por organizaciones sin fines de lucro y los propios ciudadanos. Y es así como mejor se combate este tipo de abuso.

El silencio es el peor enemigo de nuestros más indefensos. Callar o hacerse de la vista larga cuando se sospecha que un menor es mancillado por uno de estos delitos es hacerse partícipes de que tales abusos se perpetúen.

La mayoría de estos crímenes son perpetrados por allegados o familiares, personas conocidas que cuentan con la confianza de los niños y sus padres. En algunos casos, son los propios padres o madres quienes los someten a ese tipo de esclavitud. Son tan cómplices quienes vejan al menor, como quienes asumen como entretenimiento compartir imágenes de semejante barbarie.

Los expertos señalan que los menores están más vulnerables a los depredadores por la exposición a la tecnología sin supervisión. En particular, cuando están entre los 9 y 12 años de edad. Con vigilancia de los mayores, esa tecnología puede servir para atrapar a los delincuentes.

A todos corresponde prestar atención a las señales comunes. Los cambios de comportamiento, la falta de apetitito, la agresividad y el aislamiento son algunas de las maneras en que los niños nos gritan que necesitan ayuda.

Como parte de la prevención, niños, niñas y adolescentes deben conocer las modalidades de la trata humana y los límites que deben mantener quienes se les acercan. Desde las edades tempranas, deben saber que sus cuerpos merecen respeto y que pueden, y deben, contar aquello que les perturbe. Y es responsabilidad irrenunciable de los adultos —en el hogar, en el núcleo familiar, en la escuela, la comunidad o en las iglesias— escuchar y dar credibilidad a un menor que relate haber sido víctima de cualquier forma de abuso.

Puerto Rico tiene que aborrecer de forma rotunda esta lacra que troncha vidas. Cada vida lastimada por el abuso sexual inflige una herida profunda en nuestra alma colectiva. Los depredadores de menores son uno de los peores rostros de un cáncer social que debilita a la isla. Pero nuestros niños deben saber que no están solos. Por el contrario, que sepan que la mayoría de la gente en su país está dispuesta a protegerlos.

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