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Juntos podemos salvar la biodiversidad del planeta

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha lanzado un grito de alarma que ha encontrado eco a lo largo y ancho del mundo con la publicación de la Evaluación global sobre el estado de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos. Se trata de un informe que nos atañe a todos en nuestro planeta, ya que, en definitiva, detalla de forma urgente conclusiones inaplazables sobre la vida que nos rodea.

Según el importante informe sobre la salud del planeta Tierra, cuyas conclusiones recopilaron durante tres años más de 450 científicos y diplomáticos internacionales, la sociedad humana se encuentra en verdadero peligro debido a la disminución cada vez más acelerada de los sistemas naturales en los que se sustenta la vida.

El documento advierte que un millón de especies se encuentran amenazadas de extinción. En pocos años podría desaparecer para siempre un tercio de nuestras especies de corales y dos de cada cinco especies de anfibios, asunto que atañe directamente al Caribe.

Entre los insectos, uno de cada diez podría dejar de existir. Y, como sabemos, los insectos juegan un papel esencial en la polinización, la reproducción, las cosechas y los ciclos de la naturaleza.

Hemos sido los seres humanos los causantes de este escenario. Según los redactores del informe las cinco causas directas se deben a creaciones exclusivas nuestras, ya que, durante siglos, nos hemos creído amos y señores del planeta y de toda la vida que nos rodea. Los cambios en el uso de la tierra y del mar, la explotación de organismos para consumo, el cambio climático, la contaminación y las especies invasoras están transformando y destruyendo nuestro mundo hoy a una velocidad de diez a centenares de veces más que en los últimos millones de años.

Con el huracán María, los puertorriqueños hemos padecido en carne propia la fuerza del cambio climático. Aquel hecho natural catastrófico fue producto de las transformaciones naturales que ya viven con nosotros. La subida de las aguas del Océano Atlántico, del mar Caribe, las sequías persistentes, las lluvias torrenciales cada vez más frecuentes y los cambios de temperaturas que alteran nuestras temporadas establecidas son indicios de esas modificaciones profundas que se instalan en nuestra vida cotidiana.

¿Qué debemos y podemos hacer en Puerto Rico para intentar detener el desastre que ya reside entre nosotros? Acabar con muchas de nuestras costumbres, lo que requerirá de mucho debate y legislación inteligente, pues llevarlo es absolutamente necesario.

Lo primero será desarrollar un verdadero sistema de reciclaje eficaz de los desperdicios que se producen en el país. Ello requiere el apoyo de una política pública efectiva sobre el manejo de los residuos.

Pero también tenemos que transformar nuestra vida cotidiana. Será obligatorio reducir drásticamente el uso y abuso de la mayor parte de lo que hemos asociado hasta el día de hoy con la modernidad, la comodidad y el progreso.

En el plano amplio, Puerto Rico debe aprovechar el proyecto de la reconstrucción para diseñar un país amable al planeta y, por lo tanto, a todos los seres vivientes. La revitalización de los sistemas de electricidad y transportación son vehículos lógicos para la transformación mediante fuentes de energías más limpias. En el plano individual, limitar el uso del plástico que tanto abunda en bolsas, platos y cubiertos, es apenas una de las medidas que podemos adoptar para contribuir a la limpieza ambiental.

Muchas son ya costumbres o necesidades que forman parte esencial de nuestra vida cotidiana, y se han integrado a nuestro diario vivir. Nos hemos convencido de que sin ellas nuestras horas no son posibles. Y, ahí mismo yace el problema, que la destrucción de nuestro planeta de alguna manera vive dentro de la inconsciencia cada uno de nuestros actos cotidianos.

La alarma que la ONU nos ha lanzado requerirá, pues, de un enorme esfuerzo mundial concertado, obligatorio y urgente para no continuar por este sendero de autodestrucción que hemos inventado nosotros mismos.

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